Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

La llegada del laúd
Hay instrumentos que pertenecen a su tiempo, y otros que parecen existir fuera de él. El laúd es uno de estos últimos.
Su forma, con ese cuerpo abombado construido a partir de finas láminas de madera, recuerda más a una embarcación que a un objeto musical.
Durante siglos, especialmente a lo largo del Renacimiento, fue el instrumento por excelencia en Europa, presente tanto en las cortes como en los espacios más íntimos, acompañando voces, pensamientos y silencios.
Mi relación con él no comenzó como una decisión clara, sino como una atracción persistente, difícil de justificar del todo. Durante años fue solo eso: una idea que volvía cada cierto tiempo, como si reclamara su lugar.

La espera
Durante un año entero esperé su llegada. No era un instrumento que pudiera comprar sin más; tenía que ser construido. Lo mandé a hacer a un lutier en Argentina, porque en Chile, al menos con el nivel de oficio que buscaba, simplemente no existe ese trabajo. O al menos no de la forma en que yo lo imaginaba.
La espera, lejos de ser un obstáculo, se transformó en parte del proceso. Había algo en esa distancia temporal que le daba más peso a la decisión. El laúd no iba a ser un objeto más, adquirido por impulso, sino el resultado de una intención sostenida en el tiempo.
Y mientras tanto, lo imaginaba. Su sonido, aunque nunca lo hubiera producido. Su forma, aunque aún no la hubiera tocado.

El encuentro
El día en que finalmente fui a buscarlo, todo adquirió una dimensión distinta. Hay objetos que imponen una cierta pausa, una forma diferente de acercarse. El laúd era uno de ellos.
La madera tenía una presencia casi orgánica. Las vetas no eran uniformes, ni pretendían serlo; cada una parecía responder a una lógica propia, como si el instrumento conservara algo del árbol que lo originó.
Las curvas del cuerpo, perfectamente ensambladas, generaban una sensación de continuidad, sin rupturas visibles. Todo estaba donde debía estar.

Y la roseta. La roseta no era solo un detalle: era un centro. Tallada con una precisión minuciosa, dejaba pasar el aire y el sonido a través de un diseño que parecía imposible de realizar a mano. Allí se concentraba algo esencial del instrumento: la unión entre técnica y arte.
No era solo un objeto funcional. Era la manifestación de un oficio.

Un recuerdo lejano
Pero esta historia no comienza realmente ahí. Mucho antes del laúd, hubo un momento que, en su momento, pasó casi desapercibido.
Cuando era niño, en el colegio, llegó a presentarse el grupo chileno de música medieval Calenda Maia. No recuerdo el repertorio ni los detalles técnicos. Lo que sí recuerdo es la sensación de extrañeza. Esa música no se parecía a nada de lo que yo conocía.
Había en esos sonidos algo antiguo, pero no en el sentido de lo viejo, sino de lo profundo. Como si vinieran de un lugar donde el tiempo no se mide de la misma manera.
En ese momento no lo entendí. Pero esa experiencia quedó ahí, instalada, sin urgencia.

Los maestros olvidados
Con el tiempo, al acercarme más al laúd, descubrí que no se trataba solo de un instrumento, sino de un repertorio vasto, hoy en gran parte olvidado.
Nombres como Marco Dall’Aquila o Mateo Flecha aparecen como ecos de un mundo musical que alguna vez fue central. Compositores que escribieron para un oído distinto, para una sensibilidad que hoy resulta lejana, pero no por eso menos profunda. Sus obras no buscan el impacto inmediato; se despliegan con una lógica interna, paciente, donde cada voz tiene su lugar.

Hay algo casi injusto en ese olvido. No porque debieran ocupar un lugar dominante en el presente, sino porque en su música hay una riqueza que sigue siendo accesible, si uno está dispuesto a escucharla.
Al tocarlas; o al menos intentarlo, uno tiene la sensación de entrar en diálogo con algo que ya no pertenece del todo a nuestro tiempo, pero que tampoco ha desaparecido.

Empezar desde cero
Años después, con el laúd finalmente en mis manos, apareció una realidad inevitable: nunca antes había tocado un instrumento. Ninguno.
Hay algo particularmente desafiante en comenzar desde cero cuando ya no se es un niño. La torpeza es más evidente, la paciencia más frágil, la expectativa más difícil de gestionar. Cada intento dejaba en evidencia lo mismo: dedos que no responden, errores constantes, una coordinación que parecía inexistente.
Todo aquello que uno escucha como algo natural, una melodía fluida; una transición limpia, se revela como el resultado de un trabajo minucioso, repetido, insistente.

La paciencia
En ese proceso, la figura del profesor se vuelve central. No solo por lo que enseña, sino por cómo lo hace.
Su paciencia ha sido, probablemente, el elemento más importante de este aprendizaje. La capacidad de sostener el ritmo, de no apurar, de corregir sin generar frustración innecesaria. Hay una forma de enseñar que no se basa en la exigencia inmediata, sino en la construcción lenta.
Aprender a tocar el laúd ha sido también aprender a tolerar la repetición, a aceptar el error como parte del proceso, a avanzar sin la necesidad constante de resultados visibles.
No es un aprendizaje espectacular. Es, más bien, silencioso.

El valor de lo que permanece
Hoy sigo aprendiendo. Todavía lejos de cualquier dominio real, pero avanzando, a veces de forma casi imperceptible: una nota más clara, una digitación más precisa, una frase que por fin encuentra continuidad.
Y en ese avance lento hay algo que va más allá del instrumento.
El laúd no pertenece a la lógica contemporánea. No es práctico, no es necesario, no es eficiente. No responde a ninguna urgencia actual. Y, sin embargo, permanece.

Hay cosas que vale la pena preservar no por nostalgia, sino porque contienen otra forma de relación con el mundo. Oficios, sonidos, maneras de hacer que requieren tiempo, atención y una cierta disposición a la lentitud.
Quizás la música antigua no busca imponerse ni competir con lo nuevo. Simplemente sigue ahí.
No todo lo que sobrevive lo hace por utilidad. Algunas cosas permanecen porque alguien decide seguir haciéndolas, seguir tocándolas, seguir escuchándolas.
Y en ese gesto, pequeño pero persistente, hay una forma de sentido.
Como el laúd.
Que no necesita ser central para existir.
Solo necesita, de vez en cuando, volver a sonar.
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