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Escrito por:

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Luis Enrique Besa Vial

La maldición de los libros

En la biblioteca del Monasterio de San Pedro de las Puellas, en Barcelona, aparecen inscritas estas palabras:

“Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas, como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y que cuando, finalmente, descienda al castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre.”

No es una metáfora moderna ni un exceso literario. Es una advertencia real, heredera de una tradición medieval que protegía los libros con amenazas espirituales cuando no existían seguros ni sistemas de registro digital.

Cada vez que leo esa maldición me detengo. No tanto por la violencia de la imagen; la mano convertida en serpiente, los gusanos royendo entrañas, sino por lo que revela: hubo un tiempo en que un libro era un tesoro tan escaso y tan valioso que robarlo equivalía casi a un sacrilegio.

Y en cierto modo, sigue siéndolo.

Aviso de excomunión, Universidad de Salamanca

El libro como objeto

Amar los libros no es solamente amar la lectura. Es amar el objeto físico que sostiene la palabra.

El libro tiene algo que ningún archivo digital ha logrado reemplazar: peso, textura, olor. La tinta que aún conserva un matiz químico. El papel grueso o casi transparente. El lomo que cruje la primera vez que se abre. La tipografía elegida con cuidado. Los márgenes generosos o austeros. La encuadernación cosida que promete durar décadas.

Hay libros que se leen y libros que se contemplan. Ediciones ilustradas donde el dibujo dialoga con el texto. Volúmenes pequeños que caben en el bolsillo como secretos personales. Tomos grandes que obligan a una mesa y a una postura casi ceremonial.

A veces sospecho que compramos libros no solo por lo que dicen, sino por lo que representan: permanencia en medio de la fugacidad.

Libros antiguos e incunables en una biblioteca

La biblioteca de lo no leído

El escritor italiano Umberto Eco tenía una biblioteca de más de treinta mil volúmenes. Cuando le preguntaban si los había leído todos, respondía que una biblioteca privada no es un trofeo de lecturas completadas, sino un instrumento de trabajo y, sobre todo, un recordatorio de todo lo que no sabemos.

Esa idea me tranquiliza.

Porque también yo he comprado más libros de los que he leído. Muchos más. Y no por descuido, sino por impulso. Por una especie de devoción que no siempre pasa por la lectura inmediata.

Entrar en una librería puede ser una experiencia peligrosa. El gesto de sacar la billetera, pagar y salir con un volumen bajo el brazo tiene algo de acto irracional, casi religioso. Es una afirmación silenciosa: esto importa.

Umberto Eco en su biblioteca

La fiebre del coleccionista

En el siglo XIX se habló de la bibliomanía, una especie de fiebre por acumular libros raros, primeras ediciones y ejemplares singulares. El término fue difundido por el bibliógrafo inglés Thomas Frognall Dibdin, quien describía esa pasión con un tono a medio camino entre la ironía y la alarma médica.

La bibliomanía no era simplemente amor por la lectura. Era obsesión por la posesión. Por tener ese ejemplar específico, esa encuadernación particular, esa edición con un error tipográfico que la hacía única.

Desde fuera puede parecer exagerado. Pero toda pasión auténtica tiene algo de desmesura.

Mis propios excesos

Mi biblioteca no se acerca a la de Eco, pero es lo suficientemente amplia como para que el tiempo no alcance.

Hay libros que he leído con devoción, subrayados hasta el agotamiento. Y hay otros que permanecen intactos, mirándome desde la estantería como promesas aplazadas.

Entre todos ellos hay uno que resume mejor que ningún otro mi relación con los libros: una copia facsímil de las Cantigas de Santa María.

Me gasté en ella lo que no tenía.

Cantigas de Santa María, manuscrito medieval siglo XIII

Las Cantigas son una colección de más de cuatrocientas composiciones líricas del siglo XIII, atribuidas al rey Alfonso X el Sabio. Son relatos en verso dedicados a la Virgen María, que narran milagros, intervenciones divinas, escenas cotidianas atravesadas por lo sobrenatural. Pero más allá del texto, lo que me fascina es su forma: los manuscritos conservan miniaturas medievales de una riqueza extraordinaria, con colores intensos, escenas narrativas y detalles minuciosos.

Tener el facsímil entre las manos es sentir el peso del tiempo. Es tocar, aunque sea en reproducción, una tradición de más de siete siglos. Es abrir páginas donde la música, la imagen y la palabra convivían sin separación.

No lo he leído completo. Sería casi imposible hacerlo como se hace con una novela. Pero lo hojeo. Lo contemplo. Me detengo en las ilustraciones. Y cada vez siento que el libro no es solo contenido: es presencia.

Don Quijote y la locura de los libros

Los libros que esperan

Muchos de mis libros no han sido leídos. Algunos quizá nunca lo serán. Y sin embargo no me arrepiento de haberlos comprado.

No están ahí como reproches, sino como posibilidades. Son conversaciones pendientes. Son futuros abiertos.

Tener un libro sin leer no es una derrota. Es una promesa.

En una época en que casi todo es instantáneo y desechable, el libro exige tiempo. No vibra, no notifica, no interrumpe. Pide silencio. Pide dedicación.

Quizá por eso seguimos comprándolos, incluso cuando sabemos que no alcanzaremos a leerlos todos. Porque cada libro nuevo afirma algo fundamental: que la palabra escrita todavía importa.

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