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Luis Enrique Besa Vial

El vértigo del coleccionista

Creo que casi todos hemos sido coleccionistas antes de saber que lo éramos. Mucho antes de pensar en la memoria, en la historia o en el valor de las cosas, ya andábamos juntando algo.

En mi caso, como en el de tantos niños, todo empezó con los álbumes de láminas. Había un pequeño sobresalto en abrir un sobre, mirar una a una las figuras y descubrir si venía la que faltaba.

Una lámina repetida era una decepción menor. Una difícil, en cambio, podía cambiar el día entero.

Los álbumes de láminas fueron una de las grandes pequeñas obsesiones de los años 80.

Ahora vuelvo a ver algo de eso en mi hijo, cuando junta láminas para su álbum del Mundial. La escena se repite, casi intacta. La ansiedad antes de abrir el paquete, la alegría del hallazgo, la pequeña tragedia de la repetida, la negociación con otros niños.

Y entonces entiendo que no se trata solo de pegar figuritas en una página. Es la ilusión de completar un mundo. De llenar los espacios en blanco. Quizás ahí aparece por primera vez el vértigo del coleccionista, esa mezcla de ilusión, ansiedad y esperanza que produce lo incompleto.

Luis Enrique y Leonor, entre láminas y sobres, descubriendo esa felicidad de completar un álbum.

La manía de juntar

Después vinieron las estampillas. Durante un tiempo miré los sobres como si fueran cofres del tesoro. Me interesaban los países, los colores, los escudos, las caras de reyes desconocidos, los animales exóticos.

Una estampilla era un viaje en miniatura. Un pedazo de papel que había cruzado fronteras y que todavía conservaba algo de esa aventura.

Más tarde fueron las monedas, los libros, algunas espadas, objetos antiguos, papeles, recuerdos. Cosas que probablemente no valían demasiado para nadie más, pero que para mí tenían la dignidad de lo rescatado.

Nunca he tenido colecciones demasiado numerosas. Mis medios han funcionado como una saludable barrera de contención. Si hubiera podido, sospecho que habría juntado mucho más. Tal vez demasiado.

Porque el coleccionista rara vez se cura. Apenas aprende a disimular.

Coleccionar estampillas es ordenar viajes, épocas y países sin moverse de una mesa.

Guardar para entender

Coleccionar no es simplemente acumular. El acumulador junta sin relato. El coleccionista, en cambio, necesita una historia.

Una moneda, una espada, una estampilla o un libro usado pueden ser objetos mudos. Pero al entrar en una colección empiezan a hablar entre ellos. Se ordenan, se comparan, se jerarquizan. Aparece una lógica íntima.

Por eso una colección siempre revela algo de quien la arma. A veces revela una pasión. Otras veces, una nostalgia. Muchas veces, una herida.

Hay quien colecciona trenes porque recuerda la infancia. Hay quien colecciona mapas porque siempre quiso irse. Hay quien colecciona libros no solo para leerlos, sino para tener cerca la promesa de todas las vidas posibles.

En el fondo, cada colección es una autobiografía disfrazada de inventario.

Colección de conchas, caracolas y pequeños tesoros encontrados junto al mar.

El gabinete de las maravillas

Esta necesidad de reunir el mundo en una pieza no es nueva. En el Renacimiento aparecieron los famosos gabinetes de curiosidades, esas habitaciones donde príncipes, eruditos, viajeros y hombres ricos intentaban encerrar el universo.

Allí cabía casi todo. Conchas, minerales, animales disecados, monedas antiguas, instrumentos científicos, fósiles, armas, objetos traídos de tierras lejanas y también algunas falsificaciones piadosas.

Lo fascinante es que esos gabinetes no separaban todavía con claridad la ciencia, el arte, la superstición y la maravilla. Un colmillo de narval podía pasar por cuerno de unicornio. Una piedra rara podía convivir con un astrolabio, una calavera, un coral o una medalla romana.

No eran todavía museos modernos. Eran más bien habitaciones llenas de asombro. Una forma de decir: no entiendo todo el mundo, pero quiero tenerlo cerca.

Estos Cuartos de Maravillas también llamados Wunderkammer fueron populares durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

Los enfermos felices

Cuando fui director y productor de Chile Demente, tuve la suerte de conocer a varios coleccionistas verdaderos. Digo verdaderos porque no eran aficionados tibios ni compradores ocasionales.

Eran enfermos felices.

Gente tomada por una pasión que, vista desde afuera, podía parecer extravagante, pero que desde cerca tenía una coherencia conmovedora.

Recuerdo especialmente a Fernando Moreno, académico y filósofo, que coleccionaba piedras. Pero no piedras extraordinarias, ni minerales raros, ni piezas de museo. Piedras comunes. Piedras que cualquiera habría pateado en la calle sin mirar dos veces.

Él las recogía como si cada una escondiera una revelación.

Fernando López y Fernando Moreno, en plena búsqueda de piedras para una colección donde hasta lo más común podía volverse extraordinario.

Tenía la casa llena. Su mujer, con bastante razón doméstica, estaba al borde de tirarlo a él por la ventana. Un día, según recuerdo, tomó las piedras y las botó todas. Al día siguiente, Fernando empezó de nuevo.

También estaba Joaquín Barros, con sus coches y carruajes. Otra escala, otros medios, otra puesta en escena. Pero en el fondo era la misma fiebre. Cambiaba el presupuesto, no el impulso.

Fernando López, frente a una parte de la notable colección de coches antiguos de Joaquín Barros.

Cada uno según sus medios

Esa es una de las cosas más interesantes del coleccionismo. No es una enfermedad de ricos, aunque los ricos puedan enfermarse de una manera más visible.

El que puede colecciona autos antiguos, cuadros, armaduras o bibliotecas enteras. El que no puede colecciona lápices, cajitas, fósforos, servilletas, entradas de teatro, fotografías, santos, llaves o recuerdos de viaje.

La diferencia está en el tamaño de la vitrina, no en la intensidad del deseo.

Un hombre posando junto a su colección de mariposas.

Todos conocemos a alguien así. A veces somos nosotros mismos. Alguien que no puede botar cierto objeto porque “puede servir”, porque “tiene historia”, porque “me recuerda a algo”, porque “era igual a uno que había en la casa de mi abuela”.

Y ahí, en esa frase modesta, se abre un abismo.

Porque el coleccionista no guarda cosas. Guarda asociaciones. No conserva objetos. Conserva vínculos.

La colección es una defensa contra la desaparición.

Un coleccionista posando junto a su fascinante colección de globos terráqueos antiguos.

Lo que falta

Pero toda colección tiene una trampa. Nunca está completa.

O, si llega a completarse, de inmediato aparece otra línea posible, otra variante, otro ejemplar mejor conservado, otra edición, otro año, otro color, otro país.

El coleccionista vive empujado por lo que falta. Esa ausencia es su motor y también su condena. El placer no está solo en tener, sino en buscar.

Por eso me gusta la palabra vértigo. Coleccionar produce alegría, pero también una especie de mareo. Uno se asoma a una colección y descubre que detrás hay una historia interminable.

Colección de bastones antiguos, cuidadosamente reunidos por sus formas y materiales.

Quizás seguimos coleccionando porque juntar cosas es una manera imperfecta, entrañable y un poco inútil de luchar contra el tiempo. Guardamos lo que podemos, como podemos, con la esperanza secreta de que algo permanezca.

Una lámina, una piedra, una moneda, una espada, un libro.

Cualquier cosa que nos diga, aunque sea por un momento, que el mundo no se nos escapó del todo entre las manos.

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