Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

El lujo de lo sencillo
Si tuviera que hacer una lista de mis grandes placeres, uno de los primeros lugares lo ocuparía algo tan sencillo como un buen pan con mantequilla.
No es precisamente una preparación sofisticada. Es simplemente un pedazo de pan recién salido del horno, todavía tibio, con la mantequilla derritiéndose lentamente hasta desaparecer entre la miga.
Y, sin embargo, pocas cosas me parecen tan perfectas.
Hay algo en esa mezcla de aroma, textura y sencillez que resulta difícil de superar. Porque un buen pan no solamente se disfruta con el paladar. También pertenece a ese territorio más profundo donde se guardan las costumbres y los recuerdos.

En Chile podemos discutir muchas cosas, pero hay algo de lo que sí podemos sentir orgullo, y es que sabemos hacer buen pan.
La marraqueta crujiente, la hallulla recién comprada o esa bolsa todavía caliente camino a la casa forman parte de una memoria común. Antes de llegar a la mesa, el aroma ya anuncia algo conocido.
Una cocina, una conversación, una tarde cualquiera que con los años descubrimos más importante de lo que parecía.

El extraño lujo de lo sencillo
Lo curioso de un pan con mantequilla es que no tiene nada de excepcional. Está demasiado cerca, demasiado disponible, demasiado mezclado con la vida diaria como para que le prestemos demasiada atención.
Y, sin embargo, ahí está justamente su gracia.
Durante mucho tiempo hemos asociado el lujo con aquello que resulta difícil de conseguir. Lo escaso, lo exclusivo y lo reservado para unos pocos parecen tener naturalmente más valor.

Pero tal vez existe otra forma de lujo, menos visible y más profunda.
No el lujo de tener algo que los demás no tienen, sino el de conservar intacta la capacidad de disfrutar aquello que siempre estuvo cerca. Una buena conversación, una caminata sin apuro, un libro que volvemos a abrir o un café preparado con calma.
Tal vez el verdadero lujo no siempre consiste en acceder a cosas excepcionales, sino en no perder la sensibilidad para disfrutar aquello que parece demasiado común para ser apreciado.

El fuego encendido
Antes de cualquier lujo, probablemente estuvo el fuego.
Mucho antes de las ciudades, los palacios y las grandes mesas, una llama encendida significó algo elemental. Calor, alimento, protección y la certeza de que la noche podía mantenerse a cierta distancia.
Tal vez por eso una chimenea prendida sigue teniendo una fuerza tan antigua. Cuando el fuego empieza a sonar y la luz se mueve sobre las paredes, aparece una sensación difícil de explicar.
No se trata solo de temperatura. Es también el placer de quedarse mirando algo que no exige nada. Un fuego encendido no entretiene en el sentido moderno de la palabra, pero acompaña.
Tener calor, algo para comer, una luz amable y un rato sin urgencias. Lo mínimo, que a veces es casi todo.
También ahí hay una forma de lujo sencillo. No el lujo de tener más, sino el de sentir que, por un momento, no hace falta demasiado.

El lujo de tener tiempo
Algo de eso entendió Michel de Montaigne.
En el siglo XVI, aquel noble francés tomó una decisión poco común. Había recibido una educación privilegiada, ocupó cargos públicos importantes y llegó a ser alcalde de Burdeos.
Pero eligió otro camino.
Decidió retirarse a la torre de su castillo familiar, rodeado de libros, para dedicarse a leer, escribir y pensar. Allí nació una de las obras más originales del Renacimiento, sus famosos Ensayos.

Montaigne no abandonó el mundo porque no tuviera un lugar en él. Lo hizo precisamente después de haberlo conocido. Había visto de cerca aquello que muchos persiguen durante toda la vida y, aun así, terminó buscando otra forma de riqueza.
Una riqueza más silenciosa.
La de tener tiempo para leer, para pensar, para mirar la propia vida con cierta distancia. Porque buena parte de nuestra existencia está construida sobre pequeños rituales. El primer café de la mañana, un libro esperando sobre una mesa o una conversación sin mirar el reloj. Momentos discretos que muchas veces terminan dando forma a una vida.
Montaigne entendió que el lujo no siempre está en acumular, sino en disponer de uno mismo.

La trampa de querer siempre más
Aspirar a más ha sido siempre una parte esencial de la naturaleza humana.
Sin ese deseo de avanzar probablemente nunca habríamos cruzado océanos, levantado ciudades, escrito libros o intentado comprender los misterios del universo.
El problema aparece cuando aquello que conseguimos nunca parece suficiente.
La fama, el dinero o el reconocimiento tienen una característica curiosa. Desde lejos parecen una meta definitiva, pero una vez alcanzados muchas veces se convierten simplemente en un nuevo punto de partida.
Esa es una de las grandes trampas del ser humano. Pensar que siempre falta algo más y olvidar que algunas de las cosas importantes ya estaban delante de nosotros.
No se trata de renunciar a toda ambición ni de despreciar aquello que cuesta trabajo conseguir. El deseo de mejorar también nos mueve, nos despierta y nos empuja a construir.
El peligro está en perder la sensibilidad para reconocer lo que ya nos acompaña. En acostumbrarnos tan rápido a lo bueno que dejamos de verlo.

Aprender a mirar
Pocos llevaron esa idea tan lejos como Diógenes de Sinope, uno de los filósofos más provocadores de la antigua Grecia.
Vivía de manera extremadamente sencilla, rechazaba los lujos y pensaba que muchas de las cosas que los hombres perseguían eran necesidades inventadas.
La historia más famosa sobre él ocurrió cuando Alejandro Magno quiso conocer a aquel filósofo extraño que parecía no admirar nada de lo que todos los demás deseaban.

Según la tradición, Alejandro se acercó y le ofreció concederle cualquier cosa que quisiera.
La respuesta de Diógenes fue tan simple como desconcertante. Le pidió que se apartara, porque le estaba tapando el sol.
Es difícil saber cuánto hay de historia y cuánto de leyenda en aquel encuentro. Pero seguimos recordando esa imagen porque representa un contraste extraordinario.
Frente al hombre que quería conquistar el mundo estaba otro que parecía decirle que ya tenía suficiente.
Su lección no consiste necesariamente en despreciar todo lo material, sino en recordarnos que a veces basta con sentir el calor del sol.

La felicidad escondida
Al final, vuelvo al pan con mantequilla.
A esa pequeña perfección cotidiana que nos recuerda que no todo lo importante necesita ser extraordinario.
Durante siglos, filósofos y escritores han intentado descubrir dónde se esconde la felicidad. Probablemente nunca exista una respuesta definitiva. Pero sospecho que muchas veces buscamos demasiado lejos.
Nos resulta más fácil imaginar la felicidad como una gran conquista, un destino al que algún día llegaremos después de haber conseguido todo aquello que creemos necesitar.

Pero a veces aparece de otra manera.
En una mesa compartida, en una conversación tranquila, en una chimenea encendida o en un aroma conocido llegando desde la cocina.
Quizás el lujo de lo sencillo sea precisamente ese.
No necesitar que la vida se vuelva espectacular para sentir que tiene valor. Aprender a reconocer, en medio de lo cotidiano, esas pequeñas formas de abundancia que estaban ahí desde el principio.
O simplemente una tarde cualquiera, frente a un pedazo de pan caliente, viendo cómo la mantequilla comienza lentamente a derretirse.
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