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Escrito por:

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Luis Enrique Besa Vial

Una cuestión de honor

La primera vez que escuché el lema de los mosqueteros de Alejandro Dumas “Uno para todos y todos para uno” no lo leí en un libro. Lo escuché en una película.

Era niño, y las historias de espadas me parecían la forma más pura de la aventura. Los duelos al amanecer, las capas agitadas por el viento, el sonido metálico de las hojas cruzándose con precisión y elegancia.

Había algo profundamente fascinante en ese mundo donde los conflictos se resolvían cara a cara, donde la palabra honor no era una abstracción moral sino una regla práctica que podía decidir la vida o la muerte.

Los tres mosqueteros es una película muda estadounidense de 1921. protagonizada por Douglas Fairbanks

Años más tarde, cuando leí finalmente Los tres mosqueteros, la fascinación se transformó en algo más profundo. Dumas no solo narraba aventuras: describía una forma de vivir. Los personajes podían ser imprudentes, impulsivos o incluso ridículos, pero había en ellos una coherencia interior que hoy parece casi imposible. El honor personal era una brújula moral, y la espada no era únicamente un arma: era la extensión física de ese código.

Con el tiempo comprendí que lo que me había impresionado no era tanto el combate como el mundo que lo hacía posible.

Un mundo que ya no existe.

A espada riñendo, detalle de una pintura del siglo XVII, Milagro de la Virgen de Atocha, del Museo de Historia de Madrid

El duelo como lenguaje

Durante siglos, el duelo fue una institución social. No era simplemente violencia ritualizada; era un lenguaje. Un modo de resolver agravios cuando la reputación pública tenía un peso concreto en la vida social.

La esgrima era la gramática de ese lenguaje.

El duelo imponía reglas estrictas: padrinos, testigos, distancias, armas determinadas. Incluso la posibilidad de reconciliación antes del combate. No se trataba de matar por rabia, sino de restaurar una forma de equilibrio simbólico.

Los duelistas (1977). Imagen: Paramount Pictures / Enigma Productions / Scott Free Enterprises / National Film Finance Corporation

Hoy esa lógica nos parece incomprensible, incluso absurda. Vivimos en una cultura donde los conflictos se diluyen en discusiones interminables, comentarios digitales o procesos burocráticos. El duelo, con toda su teatralidad, tenía al menos una virtud: obligaba a asumir responsabilidad personal.

El insulto tenía consecuencias.

La palabra tenía peso.

Quizá por eso las historias de espadas siguen ejerciendo tanta atracción. No porque queramos volver a ese mundo, sino porque intuimos que en él había una claridad moral que hoy se ha vuelto difusa.

Duelo de esgrima con espada y daga de Francesco Fernando Alfier

El anacronismo

Esa sensación aparece con especial fuerza en El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte.

La novela transcurre en el siglo XIX, en una época en que la esgrima ya había comenzado a desaparecer como práctica social real. Su protagonista, don Jaime Astarloa, es un maestro de armas que vive según un código antiguo en un mundo que ya no lo reconoce.

Es, en esencia, un anacronismo.

No lucha por dinero ni por gloria. Lucha por perfección. Por honor. Por fidelidad a una técnica que encarna una forma de dignidad personal.

Lo fascinante del personaje no es su habilidad con la espada, sino su soledad histórica. Pertenece a un tiempo que se ha extinguido.

Y quizá eso es lo que me atrae tanto de la esgrima: la sensación de estar frente a un vestigio cultural, una reliquia viva de una ética desaparecida.

El director de combate. Grabado finales siglo XIX

La escuela de esgrima

Durante un tiempo intenté acercarme a ese mundo de manera más directa.

Asistí a una escuela de esgrima. No durante mucho tiempo; la vida moderna tiene una forma implacable de dispersar nuestras disciplinas, pero lo suficiente como para entender algo fundamental.

La esgrima no es solo un deporte. Es un ritual.

Desde el primer momento se percibe un conjunto de gestos heredados: el saludo antes del combate, la posición del cuerpo, la economía del movimiento, el respeto casi ceremonial entre adversarios.

Nada de eso parece accidental. Cada gesto transmite siglos de tradición.

En ese espacio cerrado, con máscaras y floretes, uno tiene la extraña sensación de participar en una tradición que viene de muy lejos. Como si el tiempo no estuviera del todo presente.

Es una experiencia difícil de explicar en un mundo dominado por la velocidad y la distracción permanente.

Porque la esgrima exige exactamente lo contrario.

Silencio.
Concentración.
Precisión.

Combate de esgrima con florete. Intercambiando ataques y defensas, buscando tocar al oponente con precisión y rapidez

La obsesión por las espadas

Quizá por eso mi fascinación terminó transformándose en algo más tangible.

Una colección de espadas.

No comenzó como un proyecto deliberado. Más bien como ocurre con muchas obsesiones: lentamente, casi sin darse cuenta. Una espada comprada en un viaje. Otra encontrada en una tienda improbable. Alguna heredada.

Entre ellas hay piezas que pertenecieron a la colección de armas de mi bisabuelo.

Cada una tiene una historia distinta. No siempre histórica en sentido académico, pero sí personal.

Y eso es lo que las hace interesantes.

Espada ropera española del último tercio del siglo XVII.

Las espadas, como los libros, no son solo objetos. Son depósitos de memoria que nos conectan con siglos de tradición.

El objeto mismo adquiere un valor simbólico que va más allá del contenido que contiene.

Sostener una espada produce una impresión difícil de ignorar. El equilibrio del metal, la longitud de la hoja, la forma de la empuñadura. Todo está diseñado para una función extremadamente precisa.

Pero al mismo tiempo hay algo profundamente estético en ellas.

La espada pertenece tanto al mundo del arte como al de la guerra.

Colección de espadas roperas. Siglo XVII

El mundo perdido

A veces me pregunto si lo que realmente me atrae no es la espada en sí misma, sino la sensación de pertenecer; aunque sea imaginariamente, a una tradición que ya no existe.

Algo parecido ocurre con los libros antiguos o con las bibliotecas personales: no son solo acumulaciones de objetos, sino pequeñas resistencias contra la fugacidad del presente.

Las espadas cumplen una función similar.

Son fragmentos de historia detenidos en el tiempo.

No devuelven el mundo que las creó, pero lo sugieren.

Un mundo donde la palabra honor tenía consecuencias.
Donde la valentía era una virtud pública.
Donde el combate podía ser una forma de lenguaje moral.

Ese mundo desapareció. Y probablemente era inevitable que desapareciera.

Probando las espadas del Maestro Antonio Arellano con mi amigo Javier León Trevisani en Toledo

Pero cada vez que sostengo una espada, o que releo a Dumas; tengo la impresión de que ese universo no ha desaparecido del todo.

Permanece en los objetos.
En las historias.
En ciertas obsesiones personales que sobreviven a las épocas.

Y tal vez esa sea la verdadera razón por la que seguimos fascinados por las espadas.

No porque queramos volver al pasado.

Sino porque, en un presente cada vez más abstracto, necesitamos recordar que alguna vez existieron códigos claros, gestos precisos y objetos capaces de encarnar una idea.

La espada era uno de ellos.

Y en cierto modo, todavía lo es.

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