Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

Una tarde con el príncipe
Hay ideas que se instalan temprano y no se van nunca. En mi caso, el cine y sus imágenes han dejado impresiones profundas y persistentes.
Una de ellas nació, precisamente, al ver “El Gatopardo”, donde me impresionó ese mundo aristocrático de familias antiguas que se desvanecen lentamente, envueltas en una decadencia elegante, como si repitieran, a menor escala, el destino de las antiguas civilizaciones.
Ese mismo mundo, de salones polvorientos, memorias largas y un orden que nadie cuestiona, también me evocaba el espíritu de “Lo que el viento se llevó”, donde el pasado resiste incluso cuando ya ha sido derrotado.
Siempre sentí fascinación por ese universo. Pero nunca imaginé que, por un instante, terminaría asomándome a ese mundo.

Un llamado inesperado
Todo comenzó en Roma, en 2022, mientras dirigía y producía el programa Un viaje en el tiempo, que se exhibió en el Canal 13c. Como tantas veces durante ese rodaje, nos enfrentábamos a lo mismo: permisos que no llegaban, accesos restringidos, lugares que parecían abrirse solo para cerrarse en el último minuto. Era un ejercicio constante de improvisación.
Y en medio de ese caos logístico, recordé una conexión familiar lejana, casi anecdótica. Mi tatarabuela, Virginia Balmaceda Zañartu, era pariente, de forma bastante indirecta, del príncipe Camilo Aldobrandini, conocido como Don Camillo. Una relación tenue, de esas que existen más en el papel que en la vida real, pero que, curiosamente, también enlazaba ese linaje con el del presidente José Manuel Balmaceda.
Fue entonces cuando, surgió la idea de contactarlo para poder entrevistarlo en su palacio a las afueras de Roma.

Durante varios días dudé en hacer el llamado. Me daba, honestamente, bastante vergüenza. Pensaba que el príncipe no tendría ningún interés en responderle a alguien que, en la práctica, era un desconocido: un pariente lejano que llamaba desde Chile, al otro lado del mundo, apelando a un vínculo casi olvidado.
Pero aun así lo llamé.
Lo que siguió fue tan inesperado como generoso: no solo me respondió, sino que me invitó a visitarlo en su palacio en Frascati y a grabar allí. Para nosotros, que veníamos de lidiar constantemente con restricciones y permisos inciertos, fue casi un alivio inesperado: poder trabajar tranquilos, sin miedo a que nos echaran o perdiéramos el material.

Frascati y el tiempo suspendido
Frascati está a poco más de media hora de Roma, en las colinas que miran la ciudad desde la distancia. Es un lugar donde el tiempo parece moverse más lento. Allí, entre viñedos y villas renacentistas, se levanta el palacio de los Aldobrandini, una de las pocas residencias aristocráticas que aún permanece en manos de la familia original.
El palacio fue construido a fines del siglo XVI, bajo el impulso del papa Clemente VIII, quien lo destinó a su sobrino, el cardenal Pietro Aldobrandini, como recompensa por sus esfuerzos diplomáticos para evitar una guerra con Francia. Hombre influyente y mecenas, Pietro encarnaba ese mundo en que política, arte y poder formaban parte de un mismo lenguaje.

El palacio no es solo una construcción: es una declaración. Sus jardines en terrazas, con fuentes y juegos de agua que se proyectan hacia el paisaje, transforman la naturaleza en una escenografía cuidadosamente diseñada.
Y, sin embargo, también hay algo más: una leve pátina de abandono, esa “decadencia” que no es ruina, sino memoria.

El brillo del oro viejo
Hay un dicho que dice que el oro viejo brilla distinto. Siempre me intrigó esa frase. Mi abuelo tenía un caballo llamado así, Oro Viejo, y durante años no entendí del todo por qué ese nombre parecía tener peso propio.
Lo entendí en Frascati.
Porque ese brillo no tiene que ver con la perfección, sino con el tiempo. Es un brillo que no deslumbra: permanece. Es el mismo que se percibe en los frescos ligeramente gastados, en los muebles que han sobrevivido generaciones y en las bibliotecas que acumulan siglos de pensamiento. Es un brillo que no necesita demostrarse.
A diferencia de lo que propone El Gatopardo, donde las grandes casas están condenadas a desaparecer, los Aldobrandini parecen encarnar una excepción. No porque hayan escapado al paso del tiempo, eso es imposible, sino porque han sabido habitarlo.

Un palacio demasiado grande
El palacio es, en cierto sentido, desmesurado. Demasiado grande para la vida contemporánea. Solo un par de habitaciones están realmente habilitadas; el resto permanece como un escenario detenido, intacto, pero no habitado. Nadie vive allí de forma permanente. Todos los Aldobrandini viven en Roma.
Pero esa desproporción es precisamente lo que le da sentido. No es un lugar para vivir en el sentido moderno, sino para custodiar.

Entre sus tesoros, la colección de estatuaria romana es particularmente notable: bustos, fragmentos, figuras que parecen observar en silencio el paso de los siglos. Y luego está la biblioteca, un universo en sí mismo, donde cada volumen parece tener no solo un contenido, sino una biografía.
Y en medio de todo eso, casi escondido, entre un baño y detrás de una puerta, aparece un detalle inesperado: un retrato del presidente Balmaceda. Un guiño improbable, una conexión lejana que, sin embargo, se materializa allí, en ese palacio italiano cargado de historia.

El príncipe
Lo que más sorprende, sin embargo, no es el lugar, sino la persona.
Don Camillo no responde al estereotipo que uno podría imaginar. No hay afectación, ni distancia, ni necesidad de demostrar nada. Al contrario: hay cercanía, humanidad, una naturalidad que solo parece posible en quien no necesita validarse.
Quizás ahí reside una de las claves. La verdadera aristocracia, la que ha sobrevivido siglos, no es ostentosa. Es, más bien, silenciosa.

Después de la grabación, fuimos a almorzar a Frascati. Y allí ocurrió algo que me llamó profundamente la atención: la gente lo detenía en la calle y lo saludaba como “príncipe”. No por obligación; los títulos nobiliarios hoy no tienen reconocimiento formal, sino por una suerte de respeto cultural que persiste.
Un eco de lo que fue.

Permanecer
Tal vez El Gatopardo tenía razón en casi todo. Las grandes familias, como las civilizaciones, atraviesan ciclos inevitables. Pero hay excepciones. O quizás no excepciones, sino variaciones.
Los Aldobrandini no han evitado el paso del tiempo. Lo han integrado.
Y en ese gesto, en esa capacidad de seguir siendo sin necesidad de imponerse, hay algo profundamente contemporáneo. Algo que, paradójicamente, solo puede venir de muy atrás.

Quizás por eso, al recorrer esos salones vacíos, uno no siente nostalgia, sino algo más complejo: una continuidad silenciosa. Como si el tiempo no hubiera pasado, sino simplemente cambiado de ritmo. Como si esas paredes no resistieran el olvido, sino que lo transformaran en memoria.
Y tal vez ahí reside la verdadera diferencia: no en conservar intacto el pasado, sino en saber convivir con él sin convertirlo en museo ni en ruina. En dejar que siga respirando, aunque sea en voz baja.
Como el oro viejo.
Ese que, ahora entiendo, no brilla más fuerte.
Brilla mejor.
Copyright © 2026 Luis Enrique Besa Vial. Todos los derechos reservados.