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Luis Enrique Besa Vial

El oboe de Gabriel

Entre las películas que más me han impresionado, La Misión, estrenada en 1986, ocupa un lugar muy especial.

Hay en ella una escena que no he podido olvidar. El padre Gabriel, interpretado por Jeremy Irons, sube solo por unas cataratas en medio de la selva sudamericana del siglo XVIII. Va hacia un territorio remoto, habitado por comunidades guaraníes que observan con cautela la llegada de los europeos.

No hay grandes discursos. Solo el esfuerzo, el agua cayendo con violencia, la pequeñez del hombre frente a la naturaleza.

Y luego, la música.

Póster original de la película de 1986, La Misión; protagonizada por Jeremy Irons y Robert De Niro.

El padre Gabriel no se presenta con armas ni con amenazas. Lleva consigo un oboe. Y es a través de ese sonido, frágil y extraño en medio de la selva, que intenta abrirse paso hacia el corazón de quienes lo miran con desconfianza.

Siempre me ha impresionado esa escena porque en ella hay una verdad muy simple: hay cosas que no se logran por la fuerza ni se consiguen solo con argumentos. Hay cosas a las que se llega por la belleza.

Con el tiempo entendí que esa escena no era solo una gran idea cinematográfica. También decía algo real sobre América Latina. Aquí la evangelización no entró únicamente por la palabra. Entró también por la música, por las imágenes, por el rito, por todo aquello que hablaba a los sentidos y a la emoción.

El padre Gabriel, rodeado por indígenas guaraníes en la selva amazónica, interpreta una melodía con su oboe.

Antes que la palabra

Hoy tendemos a pensar la fe como una cuestión de ideas. Como si creer fuera solamente entender o aceptar ciertas verdades. Pero durante siglos no fue así.

La fe también entró por los ojos y por los oídos. Entró por la música de una misa, por el brillo de un retablo, por una procesión, por el silencio de un templo. Entró por todo aquello que podía conmover antes de ser explicado.

Eso fue, en gran medida, el barroco. No solo un estilo lleno de adornos, sino una forma de hacer visible lo sagrado y de tocar el alma por medio de la belleza.

Hoy desconfiamos de todo eso. Pero el ser humano no vive solo de explicaciones. También necesita asombro.

Procesión barroca en una misión jesuítica, con participación de comunidades indígenas.

Un barroco mestizo

Cuando el barroco llegó a América, cambió. Tocó otra tierra, otros pueblos, otras lenguas y otros materiales. Y en ese contacto dejó de ser puramente europeo.

Eso es lo más interesante. Lo que surgió aquí no fue una copia. Fue algo nuevo. Algo mestizo. Algo que conservó una raíz europea, pero empezó a tener un rostro americano.

Eso se ve en las iglesias, en los retablos, en la imaginería y en la religiosidad popular. Pero se ve de un modo especialmente claro en la música.

La música barroca latinoamericana nació de ese encuentro. No fue solo una música traída desde afuera. Fue una música aprendida, transformada y finalmente hecha propia.

La Iglesia de San Javier de Chiquitos, fundada en 1691 por la Compañía de Jesús, Santa Cruz, Bolivia.

El mundo de las misiones

Las misiones fueron parte central de esa historia. Y hoy cuesta hablar de ellas sin caer en caricaturas. O se las idealiza, o se las condena por completo. La realidad fue más compleja.

En las misiones hubo evangelización, pero también educación, enseñanza de oficios, construcción de iglesias, aprendizaje del canto y de instrumentos, trabajo comunitario. Había una intención de formar personas y comunidades.

Eso me parece importante. Porque allí no se transmitían solo ideas religiosas. Se enseñaba también una forma de vida: trabajar, celebrar, cantar, participar de un rito.

Todo eso ayudó a dar forma a una parte enorme del continente. Y ese legado, aunque no siempre se tenga presente, es parte de lo que somos hoy.

La Iglesia de la Compañía es el mayor exponente del barroco en Quito. Fue construida entre 1597 y 1765.

El puente invisible

Lo más conmovedor es que la música no era un adorno. Era un puente.

En lugares donde había diferencias profundas de lengua, costumbres y visión del mundo, la música permitía un encuentro que de otro modo habría sido mucho más difícil. No resolvía todo, pero abría una puerta.

Y esa música, con el tiempo, se volvió también algo americano. No porque dejara de tener raíz europea, sino porque pasó por otras manos, otras voces y otra sensibilidad. América Latina no fue solo receptora. También fue creadora. Tomó una tradición y la convirtió en algo nuevo.

De esa mezcla nació algo profundamente nuestro. Algo de lo cual debiéramos sentirnos orgullosos.

Músicos indígenas interpretan violines barrocos bajo la guía de un jesuita.

Música en silencio

Durante mucho tiempo, gran parte de esa música quedó en silencio. Partituras guardadas, papeles olvidados, archivos antiguos que parecían restos de un mundo desaparecido.

Y, sin embargo, todo eso volvió a aparecer. En la segunda mitad del siglo XX comenzaron a hallarse archivos musicales en antiguos territorios misionales. Uno de los descubrimientos más importantes fue el de Chiquitos, en el oriente de Bolivia, donde se conservaron miles de páginas de partituras.

No eran solo documentos viejos. Era música dormida.

Partitura de música barroca, del Archivo Musical de las Misiones Jesuíticas de Chiquitos, Bolivia. Siglo XVIII.

Hoy, la música barroca latinoamericana ya no es una curiosidad para especialistas. Se interpreta, se estudia y se graba. Y cuando alguien la vuelve a tocar, el pasado deja de ser lejano. Recupera voz, presencia, vida.

Por eso me parece tan importante el rescate de estas músicas y los festivales que hoy las interpretan de nuevo. No es solo conservar un patrimonio. Es devolverle respiración a una parte de nuestra memoria.

Ensamble Moxos es un grupo musical boliviano dedicado a interpretar la música barroca de las antiguas misiones jesuíticas.

El lenguaje de lo sagrado

A veces pienso que hoy no hemos perdido solo la fe. Hemos perdido también su lenguaje.
Hemos olvidado que el rito, la solemnidad y la belleza son caminos hacia lo sagrado.

Todo tiene que ser rápido, simple y útil. Pero el alma humana no funciona así.

El rito exige tiempo. La solemnidad, atención. La belleza, una cierta disposición interior.
Ninguna se impone. Todas requieren que uno se detenga.

Y eso, hoy, nos cuesta.

Por eso el arte colonial todavía conmueve. Uno entra en ciertas iglesias, escucha ciertas piezas o contempla ciertas imágenes, y siente que allí hay algo que hoy escasea: un sentido de lo sagrado que no pide disculpas por existir.

Interior de la iglesia de la Compañía. Quito (Ecuador) Construida entre 1605 y 1765.

La melodía que permanece

Por eso sigo volviendo a esa escena de La Misión.

Un hombre sube por las cataratas. Lleva un instrumento. Frente a él hay distancia, desconfianza y miedo. Y, sin embargo, no busca imponerse. Toca.

En ese gesto hay algo que va más allá del cine. Hay una idea sobre la fe, sobre la cultura y sobre la posibilidad de encuentro entre mundos distintos.

El ensamble de Moxos interpreta instrumentos de cuerdas y de vientos nativos.

La belleza no borra las tragedias de la historia. Pero puede abrir una puerta. Puede tocar algo profundo. Puede preparar el corazón.

Tal vez por eso esa escena sigue siendo tan poderosa. Y tal vez por eso vale la pena volver a esa música barroca latinoamericana, a ese arte colonial, a ese mundo mestizo que surgió en América.

No solo porque ahí hay una parte de nosotros, sino porque recuerda una verdad más profunda: que la belleza y la fe, muchas veces, van de la mano.

Y que a veces una melodía puede abrir un camino que las palabras, por sí solas, no alcanzan.

Señora Doña María · Ensamble Moxos:

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