Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

La princesa y la santa
A mitad de la noche, las monjas se fueron.
No avisaron. No dejaron explicación. Reunieron lo poco que tenían y abandonaron Pastrana en silencio, atravesando la oscuridad del convento recién fundado.
Cuando Ana de Mendoza lo supo, ya era demasiado tarde. Las carmelitas habían desaparecido.
Aquella fuga fue más que una retirada. Fue una ruptura. Una humillación. El convento había nacido bajo el amparo de la princesa de Éboli, con su dinero, su prestigio y su voluntad.
Y, sin embargo, las monjas prefirieron marcharse antes que quedarse bajo su dominio.

Así terminó uno de los enfrentamientos más singulares del siglo XVI, el de dos mujeres extraordinarias.
De un lado, Ana de Mendoza, princesa de Éboli, acostumbrada a doblar voluntades. Del otro, Teresa de Jesús, que no estaba dispuesta a torcer la suya.
De todos los enemigos que tuvo que enfrentar Teresa, ninguno fue tan formidable como la princesa.

La princesa
Ana de Mendoza pertenecía a la poderosa casa de Mendoza y fue una de las mujeres más brillantes y admiradas de su tiempo. Bella, culta, orgullosa, dejó en la memoria de la corte una imagen inconfundible; la del famoso parche en el ojo.
Sobre la causa de esa lesión existen varias teorías; la más extendida sostiene que sufrió el daño en la infancia por la punta de un florete manejado por un paje. El misterio contribuyó a agrandar su leyenda.

Se casó muy joven con Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y hombre de confianza de Felipe II. Aquel matrimonio la colocó en el centro del poder.
Su vida transcurrió entre palacios, favores e influencias. Ana no era una figura decorativa: tenía inteligencia, ambición y una conciencia clara de su rango.
Cuando quiso fundar conventos en Pastrana, no lo hizo como quien ejerce una devoción discreta, sino como quien extiende su autoridad a un nuevo territorio.

La santa
Teresa de Jesús era de otra materia, aunque no menos formidable.
Práctica, lúcida, incansable, llevaba años fundando conventos y defendiendo su reforma. No quería una vida religiosa cómoda ni adornada, sino pobre, recogida, silenciosa y obediente. Había entendido que la menor concesión al privilegio terminaba por corromperlo todo.
Un convento, para Teresa, no podía convertirse en la prolongación del poder de una familia noble ni servir de refugio distinguido para una viuda poderosa. Debía ser una ruptura con el mundo.
Por eso el choque con Ana de Mendoza fue casi inevitable. Ambas eran mujeres extremas, resueltas a sacar adelante sus proyectos sin ceder. Tal vez por ser tan parecidas en su energía, se enfrentaron con tanta dureza.

Pastrana
En 1569, los príncipes de Éboli llamaron a Teresa para fundar en Pastrana dos conventos de carmelitas descalzos: uno para mujeres y otro para hombres. La empresa reunía, en apariencia, todas las condiciones para prosperar.
Pero pronto empezaron los tropiezos.
Ana quiso intervenir en la fundación, imponer condiciones y decidir la forma misma del convento. No se conformaba con proteger la obra; quería regirla. Deseaba también que la casa dependiera de ella, no de la limosna.
Esa dependencia, que podía parecer una garantía, era para Teresa una amenaza.
Teresa lo vio enseguida. Aceptar aquel amparo significaba dejar la vida del convento en manos de la princesa. Y la princesa no daba sin mandar.

“Una de las mentiras que dice el mundo es llamar señores a las personas semejantes”, escribiría Teresa, con su desdén hacia las apariencias del poder.
Mientras vivió Ruy Gómez, las tensiones pudieron contenerse. Pero muerto el príncipe, todo se desordenó.

El hartazgo
Tras la muerte de Ruy Gómez, Ana de Mendoza decidió tomar los hábitos y entrar en el convento. Pero no entró como una más. Entró como quien no sabe dejar de ser quien ha sido siempre.
Quiso llevar consigo a sus criadas, exigir deferencias, intervenir en la marcha de la casa y moldear la vida conventual a su antojo.
Se le concedió una celda austera, pero no tardó en cansarse. Se trasladó entonces a una casa del huerto, donde podía guardar vestidos y joyas, mantener trato con el exterior y entrar y salir con libertad.

No vivía como monja, sino como señora dentro del claustro.
Mandaba como si fuese priora. Quería que las religiosas se arrodillaran ante ella. Se negaba a obedecer a la priora del convento y dejaba claro que, muerto su marido, no pensaba obedecer a nadie.
Lo que para Ana era natural, para Teresa era insoportable. Aquello no era una simple incomodidad, era la destrucción del espíritu de la reforma.
La comunidad empezó a vivir bajo presión.
El silencio se rompía, la disciplina se alteraba. Entonces Teresa comprendió que no había arreglo posible.

La huida
La decisión fue tajante.
Por orden de Teresa, las monjas abandonaron Pastrana y se trasladaron a Segovia. Se fueron de noche, sin ruido, como si solo el sigilo pudiera preservar lo que quedaba intacto de aquella fundación.
Nunca se supo con certeza cómo reaccionó Ana de Mendoza al descubrir la huida. Pero no cuesta imaginar la escena. La furia, los gritos, la herida en el orgullo. La habían dejado sola. Habían escapado de ella.
La princesa no olvidó la afrenta. Llenó el vacío de las carmelitas con otra comunidad religiosa, pero la herida siguió abierta.
Se cree que, por despecho, denunció ante la Inquisición el Libro de la Vida de Teresa. También dejó circular una imagen torcida de la santa.
Felipe II terminó interviniendo. Las quejas contra Ana eran demasiadas. El rey le ordenó abandonar el convento y ocuparse de su casa y de sus hijos. La princesa obedeció, aunque no sin resentimiento, y aun desde fuera siguió entorpeciendo la vida de la comunidad.

Saber marcharse
Después de Pastrana, Ana de Mendoza volvió a la corte, al mundo de la influencia, la ambición y la intriga. Durante un tiempo siguió moviéndose con soltura en ese escenario, pero su caída no tardó en llegar.
Su nombre terminó ligado a un asesinato político que sacudió la corte. Desde entonces, la mujer que había vivido cerca del poder pasó a ser vista como un peligro.
La Corona decidió apartarla, y acabó recluida en su palacio de Pastrana, vigilada y aislada. Para alguien que había hecho del mando una forma de vida, el encierro fue la forma más dura de la derrota.

Teresa de Jesús siguió otro camino. También conoció el conflicto y la resistencia, pero entendió algo que Ana nunca comprendió: no toda retirada es una derrota.
En Pastrana eligió marcharse antes que permitir que su fundación perdiera su sentido. No quiso imponerse; quiso preservar lo esencial.
Leída desde hoy, esa decisión conserva su fuerza.
Vivimos en una época que admira a quien resiste a toda costa, como si retroceder fuese siempre perder. Pero no es así.
A veces, insistir solo sirve para desgastar una causa o deformar aquello que se quería defender. Porque a veces, la victoria no consiste en imponerse, sino en saber cuándo marcharse.
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