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Luis Enrique Besa Vial

El famoso desconocido

La última vez que fui al Cementerio General pasé a ver el mausoleo de la familia.

Bajé al subterráneo casi por inercia y ahí, en una pared húmeda y resquebrajada, entre nombres que el tiempo parecía ir borrando, encontré uno que reconocí de inmediato: Sánchez Besa.

No era un apellido ajeno. Lo había oído antes en la familia, perdido entre recuerdos borrosos. Pero esta vez el nombre cayó con otro peso. Porque José Luis Sánchez Besa no fue un personaje menor.

Fue un pionero de la aviación, un chileno que alcanzó en Europa un prestigio extraordinario y cuya vida quedó marcada también por una tragedia. Fue, en cierto modo, un famoso desconocido, alguien importante de quien casi no se habla en Chile.

Al verlo ahí, me pregunté qué había sido de sus restos y, más todavía, qué había sido de su memoria.

Murió en Francia, eso sí está documentado, y todo indica que sus restos quedaron allí. Pero la inscripción en el mausoleo familiar abría una duda difícil de ignorar.

¿Era apenas un recuerdo grabado entre los suyos, o había algo más?

Y esa incertidumbre vuelve la escena todavía más elocuente. Si ni siquiera el destino final de sus restos ha quedado claro, ¿qué puede decirse del lugar que ocupa en la memoria del país?

Mausoleo de la familia de José Besa Infante (1812-1904). Casco Histórico del Cementerio General.

Un hombre fuera de lugar

Hay algo en Sánchez Besa que me parece esencial. No fue un hombre dócil.

Nació en Santiago en 1879, estudió Derecho y, en principio, todo parecía dispuesto para una vida convencional. Pero eligió otra cosa. Eligió rebelarse.

En vez de obedecer la línea trazada de antemano, se fue hacia la aventura, hacia ese mundo todavía incierto de la aviación.

Era abogado, sí, pero esa palabra le queda chica. Su vida verdadera no estaba en el orden ni en la estabilidad, sino en la fascinación por lo nuevo, en el impulso de ir más allá, en esa inquietud que lo sacó no solo de su tiempo, sino también de su país.

Tal vez por eso nunca terminó de encajar del todo en Chile. No fue simplemente un chileno exitoso en Europa. Fue alguien que encontró afuera el espacio que aquí difícilmente habría hallado.

Gran Encuentro de Aviación de la Champaña Reims 1910. Sanchez-Besa en biplano “Voisin”

El nacimiento del aire

Cuesta, desde hoy, medir el asombro de aquellos años. El ser humano recién empezaba a despegar del suelo. Todo era precario, tentativo, casi irreal. Volar no era todavía una costumbre ni una industria, era una osadía.

Y José Luis Sánchez Besa estuvo ahí.

En Francia, junto a Emilio Edwards Bello, fue de los primeros en volar en público, cuando hacerlo todavía provocaba desconcierto.

No llegó cuando el camino ya estaba hecho. Llegó cuando el camino apenas empezaba a abrirse. Eso es lo que vuelve tan singulares a aquellos primeros aviadores. No solo volaban, se internaban en un territorio sin nombre.

Pero Sánchez Besa no fue solamente un hombre que voló. Su nombre tuvo un lugar real en ese momento en que la humanidad aprendía a sostenerse en el aire.

Sánchez Besa estuvo entre quienes se atrevieron a volar cuando hacerlo era todavía una hazaña.

La tragedia

Pero ninguna vida está hecha solo de altura. A veces basta una noche para torcerlo todo.

En mayo de 1908 ocurrió el episodio que marcaría para siempre la vida de José Luis Sánchez Besa, la muerte de su primo hermano, Luis Besa Díaz. La escena resulta brutal precisamente por lo absurda.

Conversan, se despiden, aparece un arma, un gesto trivial, mostrarla, comentar que es segura, y de pronto un disparo. La bala atraviesa una cortina. Su primo cae. Todo termina en unos pocos segundos.

Un disparo accidental cambió para siempre la vida de José Luis Sánchez Besa.

La investigación judicial concluyó que se había tratado de un accidente. Pero en el Chile de entonces los hechos rara vez bastaban cuando había apellidos importantes, escándalo social y una prensa dispuesta a incendiarlo todo. Muy pronto empezó a circular otra versión.

No accidente, sino crimen. No fatalidad, sino culpa. La investigación concluyó una cosa. La opinión pública, otra.

La justicia habló de accidente; la gente prefirió el rumor y la sospecha.

París

Después de eso, Sánchez Besa se fue a Francia. Siempre me ha impresionado ese gesto. No solo irse, sino rehacer la vida entera lejos, cargando una tragedia así a cuestas. Huir, no tanto de la justicia como del murmullo y de esa sospecha que vuelve inhabitable un país.

Pero en ese traslado hubo algo más que una fuga. Hubo también una forma de orgullo. La decisión de no dejarse arruinar por una caída, de volver a empezar en otra parte, de forjarse un destino allí donde parecía no haber ya lugar para él.

Sánchez Besa explicando las particularidades de su aparato". en Boletín del Aero-Club de Chile (1914)

Y eso fue exactamente lo que hizo. Francia no era un país fácil. Y, sin embargo, Sánchez Besa entró. No por cortesía, sino por talento, trabajo y obstinación.

Fundó una academia, levantó fábricas, diseñó aviones, enseñó a volar e innovó. Hay algo conmovedor en eso. El hombre empujado hacia afuera por el escándalo termina encontrando lejos de su país el lugar que su país no supo darle.

Frente a su fábrica en Villacoublay, donde produjo aviones y empleó a varios cientos de trabajadores.

El pago de Chile

Y entonces aparece la pregunta de fondo. ¿Cómo puede ser que Chile haya olvidado a un hombre así?

Sánchez Besa estuvo en los albores de la aviación. No apareció cuando la historia ya estaba escrita. Estuvo allí cuando todavía se estaba escribiendo. Sin embargo, en Chile su nombre nunca terminó de fijarse en la memoria pública.

Hay una escena que ayuda a entender mejor al personaje. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando en Francia le exigieron nacionalizarse para poder vender sus aviones al Estado, Sánchez Besa se negó.

Dijo, según se recuerda, que un hombre de bien no cambiaba ni de religión ni de nacionalidad.

En Francia, durante la Primera Guerra Mundial, en medio de decisiones que marcarían su trayectoria.

No fue un gesto simbólico. Fue una decisión que le costó oportunidades concretas, en el mismo país donde había construido su carrera.

Y, sin embargo, ese mismo hombre, que se negó a dejar de ser chileno incluso cuando eso implicaba perder oportunidades reales, terminó convertido en una figura borrosa en su propio país.

Así opera, a veces, el pago de Chile. No negando, ni siquiera discutiendo, sino dejando que el tiempo haga lo suyo, hasta que lo importante se vuelve difuso y termina por desaparecer.

Carné o certificado del Aéro-Club de France que acredita a José Luis Sánchez-Besa como pilote-aviateur, emitido en París el 29 de agosto de 1910.

La imagen que queda

Quizás por eso vuelve una y otra vez la imagen del mausoleo. No como una certeza, sino como una pregunta.

José Luis Sánchez Besa murió en Francia en 1955. Eso sí está claro. Lo más probable es que sus restos descansen en el cementerio de Neuilly, cerca de París, aunque también se ha mencionado Père-Lachaise.

Pero ni siquiera eso parece cerrar del todo la historia. El nombre inscrito en el mausoleo familiar deja una sombra de duda, como si también su último paradero hubiese quedado suspendido entre la memoria y el olvido.

Sánchez Besa (1879–1955), pionero de la aviación chilena, retratado en su despacho con sus aviones.

Hay algo profundamente simbólico en esa incertidumbre. Como si el paso de los años no hubiera alcanzado solo su nombre o su obra, sino también su último rastro material.

Un pionero del aire del que ya ni siquiera sabemos con certeza dónde toca la tierra.

Tal vez por eso conmueve tanto. Porque en él conviven el arrojo y la caída, la gloria y el destierro.

Y quizás esa sea la forma más honda del olvido.

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