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Luis Enrique Besa Vial

La noche de los disfraces

Hace algunos años fui con mi señora a una de esas ventas de vestuario que organiza el Teatro Municipal de Santiago. Entramos sin buscar nada realmente; pensábamos recorrer un poco, mirar y volver a casa.

Pero apenas cruzamos la puerta ocurrió algo extraño.

Había capas bordadas, uniformes militares, vestidos imposibles, sombreros con plumas y pelucas empolvadas que parecían conservar todavía algo de las luces del escenario.

Entonces apareció un traje utilizado en la ópera María Estuardo. Tenía ese aire de otro siglo, solemne y fantástico, de las películas históricas que siempre me han fascinado.

Apenas me lo probé frente a un espejo improvisado sentí algo difícil de explicar, como si ese traje perteneciera a otro tiempo y yo estuviera entrando, por un instante, en él.

Mi señora encontró otro, utilizado en una puesta en escena de Tosca, con ese aire imperio napoleónico, elegante y teatral. Nos miramos y nos reímos como niños.

Venta de vestuario del Teatro Municipal de Santiago, 2014: trajes originales de Tosca y María Estuardo.

Compramos ambos trajes imaginando una futura fiesta de disfraces, una de esas fiestas improbables que parecen pertenecer más al pasado que al presente.

La fiesta nunca ocurrió y los trajes quedaron guardados.

Y quizás precisamente por eso comenzaron a adquirir otro significado. Porque con el tiempo empecé a pensar que esos trajes parecían esperar una fiesta imposible.

No cualquier fiesta, sino aquella noche de 1912 en el Palacio Concha-Cazotte. Como si para usarlos realmente hubiera que atravesar un siglo entero.

Vista del parque y del Palacio Concha Cazotte Fotografía en papel monocromo.

La noche en que Santiago soñó

El 15 de octubre de 1912, Santiago vivió probablemente la fiesta más extraordinaria de su historia social.

Esa noche comenzaron a llegar los coches al palacio morisco de la familia Concha-Cazotte. Uno a uno descendían los invitados envueltos en capas, sedas, armaduras y encajes.

Cerca de cuatrocientas personas participaron de aquella celebración que más tarde sería recordada como “el baile del siglo”.

No fue una fiesta improvisada. Durante meses, la élite santiaguina vivió obsesionada con el evento. Las familias revisaban revistas europeas, retratos históricos y estampas antiguas buscando el personaje perfecto.

Fotografía grupal de algunos de los concurrentes, sacada en las escaleras del palacio Concha Cazotte.

Muchos encargaron sus trajes a París; otros rescataron vestidos familiares guardados durante décadas.

Todo debía ser magnífico. Y lo fue.

Pero lo más fascinante no era solamente el lujo.

Era la transformación.

Porque por unas horas Santiago dejó de parecer Santiago. El presente quedó suspendido y el palacio se convirtió en un escenario donde cada invitado podía habitar otra época.

“Impresiones en un baile de Fantasía por M. Richon Burnet” Detalle. Revista Zig-Zag, 13 de Agosto de 1905.

La ciudad que miraba desde afuera

Y mientras aquello ocurría dentro del palacio, la ciudad observaba fascinada desde afuera.

Durante semanas, diarios y revistas comentaron los preparativos, describieron los disfraces y publicaron fotografías de los asistentes. Aunque el baile era privado, Santiago entero parecía participar de él desde la imaginación.

Quizás ahí reside parte de su permanencia. Porque el baile no ocurrió solamente dentro de esos salones iluminados, sino también en la mente de quienes lo leían al día siguiente.

Las imágenes transformaron aquella noche en una especie de sueño compartido.

Tal vez toda gran fiesta necesita espectadores. Y tal vez toda sociedad necesita, de vez en cuando, noches capaces de alimentar su imaginación colectiva.

“El baile de la familia Concha Cazotte” Revista Zig-Zag, 19 de Octubre 1912.

Una fantasía europea

La Belle Époque chilena vivía obsesionada con Europa.

La riqueza del salitre había permitido construir palacios inspirados en Francia, Italia y Oriente, y el baile Concha-Cazotte fue quizás la expresión más extrema de ese deseo de sofisticación y representación.

Pero detrás de todo eso había algo más profundo. En el fondo, muchos de esos invitados querían pertenecer a ese mundo europeo refinado y romántico que admiraban desde la distancia.

Querían acercarse a la imaginación del siglo XIX, a sus héroes, reinas, caballeros y figuras legendarias. Por eso escogían personajes históricos y épocas lejanas.

Fotomontaje basado en el Baile de fantasía ofrecido por don Victor Echaurren Valero el 24 de septiembre de 1885.

El disfraz no era solamente un detalle elegante, era una forma de escapar del presente para entrar en una fantasía más teatral y más romántica.

Y el propio Palacio Concha-Cazotte parecía construido para eso. Con su exótica arquitectura morisca y sus salones ornamentados, era una verdadera oda al espíritu romántico de la época.

El escenario perfecto para aquella ilusión colectiva.

Teresa Cazotte de Concha disfrazada de María Antonieta junto a sus tres hijos Teresa, Enrique y Luisa vestidos al estilo oriental.

El tiempo suspendido

Hay algo melancólico en esos disfraces de la Belle Époque. Eran trajes de una sofisticación extraordinaria destinados a durar apenas una noche.

Con el amanecer, los personajes desaparecían y cada invitado volvía lentamente a convertirse en sí mismo. La ilusión terminaba cuando comenzaba la luz del día.

Quizás por eso las fotografías del baile producen una sensación tan extraña. Parecen imágenes de un mundo detenido justo antes de desaparecer.

Un instante de lujo, fantasía y artificio congelado en el tiempo.

Y tal vez ahí reside parte de su belleza. En su fragilidad. En saber que todo aquello existió apenas durante unas horas antes de transformarse en recuerdo.

Adela Balmaceda Pérez, Víctor Besa Vicuña y Guillermo Edwards Matte luciendo trajes inspirados en la Francia de los siglos XVII y XVIII.

El palacio perdido

Hoy cuesta imaginar que aquella noche ocurrió realmente.

El Palacio Concha-Cazotte ya no existe. Fue demolido hace décadas, como tantos palacios de la vieja aristocracia santiaguina. De aquella residencia morisca quedan apenas fotografías y algunas crónicas dispersas.

Y sin embargo, el baile sigue sobreviviendo en la memoria colectiva. Quizás porque representa algo más que una fiesta elegante. Representa un Santiago desaparecido, una ciudad que todavía creía en la teatralidad, en el artificio y en cierta idea romántica de la belleza.

Hay nostalgias difíciles de explicar. Y una de ellas consiste precisamente en sentir que junto al palacio no desapareció solamente un edificio, sino también una parte de la imaginación de la ciudad.

Frontis del Palacio Concha Cazotte, 1912 Fotografía en papel monocromo.

El viaje imposible

A veces pienso en los trajes que compramos aquella tarde en el Teatro Municipal. Siguen guardados, esperando una fiesta que probablemente nunca llegará.

Pero con el tiempo entendí que el problema no era encontrar una fiesta. El problema era encontrar la época correcta.

Porque cada vez que vuelvo a mirar esos trajes tengo la sensación de que pertenecen a otro mundo.

Como si hubieran sido hechos para otra noche, para otro Santiago, para ese palacio morisco que parecía salido de Las mil y una noches, y para mezclarse entre reinas, caballeros, sultanes y personajes imposibles.

Y entonces aparece esa idea absurda, pero persistente. La única manera verdadera de usarlos sería viajar al pasado. Llegar a Santiago en 1912, atravesar las puertas del palacio y perderse entre aquella multitud disfrazada sin que nadie notara que uno viene de otro siglo.

De los más de trescientos ochenta disfraces del baile Concha Cazotte, sólo diez piezas lograron llegar a manos del Museo Histórico Nacional.

El baile que nunca termina

Quizás por eso seguimos hablando de aquel baile más de un siglo después.

Porque no recordamos solamente una fiesta elegante. Recordamos algo mucho más frágil y verdadero, el deseo profundamente humano de abandonar por unas horas la vida cotidiana para habitar otra historia.

Ese impulso sigue existiendo. Está en los disfraces guardados, en las fotografías antiguas y en la fascinación que todavía producen esas noches desaparecidas.

Y tal vez por eso esos trajes siguen ahí, guardados, como si todavía esperaran una noche que no pertenece del todo a este tiempo. No una fiesta cualquiera, sino esa fiesta imposible a la que llegamos demasiado tarde.

O demasiado temprano.

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