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Escrito por:

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Luis Enrique Besa Vial

El encanto de las ruinas

Hay lugares que uno visita y olvida. Y hay otros que, sin saber muy bien por qué, permanecen en la memoria. A mí me ocurre con los castillos.

No sé exactamente cuándo comenzó esa fascinación. Tal vez viendo películas de caballeros y fortalezas encaramadas en lo alto de una roca. Tal vez leyendo novelas históricas o imaginando una Edad Media que probablemente nunca existió como la soñamos.

Pero lo cierto es que, desde muy joven, los castillos comenzaron a producirme una emoción difícil de explicar. No solamente admiración histórica, sino algo mucho más melancólico.

Alcazar de Segovia, España, 1836, David Roberts.

En el año 2004, mientras vivía en Madrid, decidí dedicar muchos de mis fines de semana a recorrer castillos. España está llena de ellos. Algunos perfectamente restaurados; otros medio abandonados, silenciosos, perdidos sobre cerros castellanos como gigantes cansados.

Y rápidamente descubrí algo. Los que más me fascinaban eran aquellos donde todavía sobrevivía la ruina.

Porque las ruinas tienen alma.

En ellas aparece el desgaste del tiempo, las grietas y el silencio. Esa sensación de que siglos enteros pasaron realmente sobre esas piedras. Y quizás por eso mismo la imaginación trabaja con más fuerza.

Castillo de Ponferrada, construido por la Orden del Temple en el siglo XII.

Belmonte y la justa imaginada

El primer castillo que decidí visitar fue el de Belmonte, en la provincia de Cuenca, a unas dos horas de Madrid.

Y la razón fue profundamente personal.

Yo era, y sigo siendo, muy cinéfilo. Y Belmonte tenía para mí un significado especial porque ahí se había filmado una de las escenas más famosas de El Cid, la película de Anthony Mann protagonizada por Charlton Heston y Sophia Loren.

Recuerdo perfectamente la emoción de llegar.

El castillo aparece de pronto sobre el paisaje castellano con una presencia casi irreal. Construido en el siglo XV por orden de Juan Pacheco, marqués de Villena, parece el castillo exacto que uno imaginaba cuando era niño.

A sus pies existe hoy una explanada donde se juegan partidos de fútbol y se hacen celebraciones locales. Pero yo no veía una cancha. Veía el lugar exacto donde se había filmado la justa medieval de El Cid.

Rodaje de "El Cid" (1961). Dirigida por Anthony Mann y protagonizada por Charlton Heston.

Me acerqué a los pies de la fortaleza y me tomé una fotografía intentando recrear aquella escena. Y por un instante ocurrió algo extraño: el cine, la historia y la imaginación parecieron mezclarse.

Después recorrí el castillo. Y lo que más me impresionó fue precisamente aquello que hoy casi ha desaparecido. En ese entonces todavía conservaba algo de ruina noble, de decadencia elegante. Muros en ruinas, piedras gastadas y rincones silenciosos.

Belmonte había estado prácticamente abandonado durante el siglo XIX hasta que Eugenia de Montijo financió parte de su restauración. Pero aun así todavía conservaba algo imperfecto.

Y creo que justamente ahí residía su belleza.

Castillo de Belmonte. Verano del año 2004.

Peñafiel y la ilusión del pasado

Otro fin de semana fui al castillo de Peñafiel.

Si Belmonte tenía algo cinematográfico, Peñafiel parecía directamente legendario.

Su silueta se levanta sobre una larga colina rocosa y desde lejos parece un enorme barco de piedra navegando sobre Castilla. Uno siente que no está viendo solamente un castillo, sino una aparición.

Ahí vivió Don Juan Manuel, uno de los grandes nombres de la literatura medieval castellana, noble, guerrero y autor de El Conde Lucanor, esa colección de relatos morales donde la inteligencia vale tanto como la espada.

Y aunque probablemente sea una fantasía romántica, no podía evitar imaginarlo recorriendo esas murallas mientras pensaba en sus relatos medievales.

Vista del castillo de Peñafiel desde la plaza del Coso.

Pero lo que más recuerdo de esa visita ocurrió afuera, no dentro.

Me apoyé sobre una muralla mirando el valle castellano. Había viento, silencio y esa inmensidad seca tan propia de Castilla. Entonces saqué mi iPod, que hoy ya parece un objeto arqueológico, y comencé a escuchar una selección de música medieval que llevaba preparada para esos viajes.

Durante unos minutos sentí algo muy difícil de explicar.

No era nostalgia. Era la ilusión fugaz de acercarse a otro tiempo.

El Castillo de Peñafiel domina el valle del Duero. Su origen se remonta al siglo X.

Puñoenrostro

Pero el castillo que más recuerdo probablemente sea el de Puñoenrostro.

Incluso el nombre parece inventado por un novelista medieval.

Lo encontré mencionado en una guía y decidí ir casi sin saber nada sobre él. Y quizás precisamente por eso terminó siendo una experiencia inolvidable.

El castillo está cerca de Madrid, en Torrejón de Velasco. Fue construido entre los siglos XIV y XV y tiene un aspecto mucho más áspero que otros castillos castellanos. Nada de refinamientos. Solo muros severos de ladrillo y piedra.

Cuando llegué encontré la entrada abierta y entré convencido de que podía visitarse.

El castillo de Puñoenrostro es una fortificación del siglo XIV, de propiedad privada.

El lugar estaba prácticamente vacío, silencioso, medio abandonado. Tenía esa atmósfera maravillosa de las ruinas auténticas, esas que todavía no han sido domesticadas por el turismo.

Y entonces apareció un cuidador furioso.

Todavía recuerdo los gritos. El castillo era propiedad privada y yo no tenía absolutamente nada que hacer ahí dentro. Básicamente me echó a patadas.

Y mientras me iba pensé algo que todavía hoy me hace sonreír. Pocas experiencias podían hacerle más honor a un nombre como Puñoenrostro.

Porque el castillo realmente parecía pertenecer a una época más dura y violenta, un tiempo en que las fortalezas no existían para ser visitadas, sino para defenderse del mundo exterior.

Cruzados defendiendo las murallas de Acre en 1291. Pintura de Dominique Papety.

Manzanares el Real

La última gran visita de esos años fue el castillo de Manzanares el Real.

Ahí la experiencia fue distinta.

Manzanares no transmite ruina. Transmite permanencia.

Es uno de los castillos mejor conservados de España y fue construido por la poderosa familia Mendoza durante la época de los Reyes Católicos. Más que una fortaleza puramente militar, representa el momento en que la nobleza española comenzó a transformar los castillos en símbolos de prestigio y refinamiento.

Sus galerías y ventanales hacen que uno sienta más la presencia de un palacio que de una fortaleza medieval.

Mientras recorría sus patios y murallas pensaba constantemente en el marqués de Santillana, en sus versos y en esa nobleza española donde parecían convivir la espada y la poesía.

El castillo de Manzanares, gracias a sus sucesivas restauraciones, se conserva en excelente estado.

La belleza imperfecta

Y sin embargo, incluso en Manzanares, frente a tanta belleza restaurada, descubrí que seguía echando de menos algo. El desgaste, la erosión, esa herida del tiempo que la restauración, por necesaria que sea, muchas veces termina eliminando.

Con los años he vuelto una y otra vez sobre esa misma idea. En cómo muchos castillos rehabilitados, pese a los enormes esfuerzos por conservarlos, terminan perdiendo algo esencial.

Entiendo perfectamente la necesidad de protegerlos. Pero a veces siento que, al devolverles demasiada perfección, también se les arrebata parte de su alma.

Porque las ruinas poseen una belleza imposible de reconstruir artificialmente.

La piedra gastada, las grietas, la humedad y la sensación de abandono forman parte de su encanto. Nos recuerdan que el pasado no llegó intacto hasta nosotros. Llegó gastado, incompleto, pero cargado de historia.

Manada de toros junto a un río, al pie de un castillo. 1837.

La melancolía de las piedras

Tal vez por eso me conmueven tanto.

Porque en el fondo las ruinas hablan también de nosotros, de nuestra fragilidad. Del desgaste inevitable de todas las cosas.

Uno puede intentar recuperar el pasado con libros, películas, música o imaginación. Yo mismo lo hacía escuchando música medieval sobre las murallas de Peñafiel o buscando el lugar exacto donde Anthony Mann había filmado una escena de El Cid.

Pero el pasado siempre termina escapándose.

Y quizás ahí reside precisamente la belleza de las ruinas, en recordarnos que hay cosas que no pueden volver. Que el tiempo termina venciendo incluso a las piedras.

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