Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

El urinario de Duchamp
Hay una escena que se me ha repetido más de una vez en galerías y exposiciones de arte contemporáneo.
Entro a una sala blanca y silenciosa, y en el centro descubro algo que podría haber quedado olvidado después de una mudanza. Una silla, un tubo, una plancha de metal o cualquier objeto que, fuera de allí, probablemente terminaría en una bodega.
Me detengo. Lo miro. Leo la explicación pegada en el muro. Vuelvo a mirarlo.
Nada.
Entonces la obra pierde mi atención y empiezo a estudiar al público.
Hay siempre alguien con las manos detrás de la espalda, otro que inclina la cabeza y alguno que asiente lentamente, como si acabara de comprender el sentido último de la existencia. Yo, en cambio, sigo viendo una silla.
A estas alturas he decidido que prefiero reconocer mi ignorancia. Buena parte del arte contemporáneo no me gusta. Peor aún, muchas veces me irrita.

El famoso urinario
El culpable original, al menos para simplificar la historia, podría ser Marcel Duchamp, quien en 1917 presentó para la exposición inaugural de la Sociedad de Artistas Independientes su famosa Fountain: un urinario industrial que firmó con el nombre de “R. Mutt”.
Duchamp había tomado un objeto completamente corriente, lo había girado, firmado y presentado como una obra de arte.
El gesto, que entonces provocó desconcierto, terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más influyentes de la historia del arte del siglo XX y, quizá, en el comienzo de una larga retirada de la belleza.
Reconozco que la jugada fue genial. Duchamp tomó un objeto vulgar, lo sacó de su contexto y obligó a preguntarse qué diablos era el arte. Como provocación, difícilmente podía ser más eficaz.
El problema vino después.
Una provocación puede ser brillante una vez. Pero cuando un siglo entero convierte la provocación en tradición, algo empieza a resultar sospechoso. Hemos visto camas deshechas, ladrillos, luces, basura y objetos cotidianos convertidos en obras por el simple hecho de estar dentro de una sala.
La rebelión terminó teniendo catálogo, precio, críticos y copa de vino blanco.

El arte de venderse
Con Andy Warhol me ocurre algo parecido.
Entiendo perfectamente su importancia. Entiendo las latas de sopa Campbell, las Marilyn repetidas, la cultura de masas, la reproducción industrial de las imágenes. Lo que nunca he conseguido entender es por qué debería emocionarme.
Warhol me parece, sobre todo, un formidable provocador y un hombre que comprendió antes que muchos el poder del marketing. No solo supo vender sus obras. Supo vender a Warhol.
En eso fue indiscutiblemente moderno.
Hay algo en el arte producido en serie que me deja frío. Le falta, al menos para mí, ese pequeño temblor que produce encontrarse frente a algo hecho por una mano, una mirada y una sensibilidad irrepetibles.
Quizá sea una limitación mía. Pero prefiero esa limitación a necesitar que una galería, un precio astronómico o un crítico me expliquen cuánto debo admirar lo que tengo delante.

El club de los entendidos
Lo que realmente me molesta no es Duchamp, ni Warhol, ni siquiera una instalación absurda.
Es el esnobismo.
He conocido demasiada gente que parece acercarse al arte contemporáneo como quien adquiere una membresía. Hay algo tranquilizador en pertenecer al grupo de quienes “entienden”. Uno aprende algunas palabras como ruptura, lenguaje, materialidad o deconstrucción, pone cara seria y ya puede circular con cierta seguridad.
El mecanismo me fascina.

Nadie quiere ser el primero en decir que el emperador está desnudo. O que la silla sigue siendo una silla.
No me refiero, por supuesto, a quien siente una emoción verdadera frente al arte contemporáneo. Esa emoción merece exactamente el mismo respeto que cualquier otra. Hablo del que aplaude porque los demás aplauden; del que teme que admitir “esto no me dice nada” pueda rebajarlo culturalmente.
Esa necesidad de parecer refinado me produce justamente la impresión contraria. A veces no veo sofisticación, sino una inseguridad bastante reveladora, la de no confiar en el propio gusto.

Cuando las casas dejaron de parecer casas
Mi problema con la modernidad no termina al salir del museo.
Lo compruebo cada vez que recorro mi condominio.
Una tras otra aparecen casas modernas, minimalistas o de ese impreciso estilo “mediterráneo” que ha invadido tantos barrios de Chile. Cubos, grandes paños lisos, techos invisibles, ventanales inmensos, colores neutros. Podrían estar aquí, en Miami o en Marbella. No parecen pertenecer a ninguna parte.
Admito que esto puede ser una señal inequívoca de envejecimiento. Estoy peligrosamente cerca de convertirme en ese señor que comienza sus frases diciendo: “Antes las casas…”.

Pero mi molestia no tiene que ver solamente con las tejas o con los techos inclinados. Tiene que ver con la sensación de que muchas construcciones nuevas han perdido memoria. Parecen pensadas para fotografiarse espléndidamente el día de la entrega, no para envejecer junto a una familia.
En esto encontré hace años un aliado intelectual: Roger Scruton, filósofo y escritor británico, muerto en 2020, a quien admiro especialmente por su defensa de la belleza.
Scruton entendía algo muy sencillo. Podemos abandonar una exposición, cerrar un libro o apagar una música. De la arquitectura, en cambio, no podemos escapar.

Mi pequeño oasis
Por eso me ocurre algo curioso cuando miro mi propia casa.
La mía es una casa de estilo Tudor tradicional. Nunca la he pensado como una declaración estética ni como una protesta contra el siglo XXI. Pero con los años se ha convertido, sin que yo lo buscara, en una especie de refugio.
Adentro están mis libros, mis cuadros, mis muebles y los objetos que he ido reuniendo porque me gustan. La decoración es deliberadamente tradicional. Hay maderas, telas, lámparas, rincones y cosas que no aspiran a parecer nuevas.
Es mi pequeño oasis frente a una modernidad que muchas veces me resulta demasiado lisa, demasiado blanca, demasiado perfecta.
Scruton hablaba de la belleza como algo mucho más necesario de lo que solemos admitir. No porque sirva para producir, ahorrar tiempo o ganar dinero. Precisamente porque no sirve para nada de eso.
Una casa, una lámpara, una mesa bien hecha o un mueble gastado pueden lograr algo mucho más íntimo y hacernos sentir que pertenecemos a un lugar.
Eso es lo que encuentro en mi casa.

La luz encendida
No pretendo convencer a nadie de que vuelva a construir casas Tudor ni organizar una cruzada contra las galerías de arte contemporáneo.
Seguramente seguirán existiendo instalaciones que otros encontrarán fascinantes y que yo miraré con la secreta sospecha de que alguien me está tomando el pelo.
Tampoco necesito que todo sea antiguo. Hay arquitectura moderna extraordinaria y obras contemporáneas capaces de conmover. Mi problema empieza cuando la novedad sustituye a la belleza, cuando provocar se convierte en mérito suficiente y cuando necesitamos el aplauso de los demás para saber qué debemos admirar.

Prefiero otra cosa.
Un cuadro que me obligue a acercarme. Una mesa bien hecha. Un patio antiguo. Una casa que parezca haber nacido para ese lugar. Un objeto que haya envejecido con dignidad.
Por las noches, en mi casa, a veces queda encendida una lámpara en el living. Miro alrededor y reconozco cada cosa.
Afuera puede seguir el urinario de Duchamp, multiplicándose indefinidamente.
Adentro no necesito que nadie me explique por qué me gusta lo que veo.
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