Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

El canto de las criaturas
La primera mascota que entró en la historia de nuestra familia no fue un perro fiel, ni un gato misterioso, ni un pájaro capaz de llenar la casa con su canto. Fue un hámster diminuto, inquieto y bastante anónimo, al que mi hija Leonor bautizó con un nombre imposible de mejorar: Pepinillo.
Vivió apenas un par de meses y murió por causas desconocidas, como suelen morir esos animales pequeños que llegan a una casa casi sin hacer ruido y se van dejando una tristeza desproporcionada.
Durante un tiempo tuvo su lugar, su jaula, su nombre y esa pequeña atención familiar que reciben las criaturas cuando entran en una casa.

Lo enterramos en el jardín con toda la solemnidad que el caso merecía. Hubo pena, silencio y una ceremonia familiar que, vista desde fuera, pudo parecer exagerada. Pero no lo era. Basta que una criatura haya respirado cerca de nosotros para que ocupe un lugar en la memoria.
Esa pequeña despedida me hizo pensar en San Francisco de Asís. En su manera de mirar lo pequeño. En esa ternura suya por las criaturas que viven junto al hombre y tantas veces pasan inadvertidas.

Una mirada distinta
San Francisco no fue una figura menor. Fundó una orden, cambió la espiritualidad de su tiempo y dejó una huella enorme en la historia de la Iglesia. Pero su grandeza también estuvo en la humildad con que se situó ante la vida, ante los pobres, ante la naturaleza y ante esas criaturas pequeñas que otros apenas tomaban en cuenta.
No quiso mirar el mundo desde arriba, como quien se siente dueño de todo. Prefirió mirarlo desde abajo, como quien se sabe parte de una obra recibida. Por eso llamó hermano al sol, hermana al agua y hermanos también a los animales.

No hay que leerlo con ojos demasiado modernos. Francisco no fue un ecologista ni un animalista adelantado a su época. Su mirada era cristiana. Veía a los animales como criaturas de Dios, no como seres superiores al hombre ni como reemplazo de Dios.
Desde esa fe podía mirarlos con gratitud, como parte de una creación que no nos pertenece del todo.

El sermón a los pájaros
Esa manera de entender la creación aparece en una de las escenas más conocidas de su vida.
Cuenta la tradición que un día Francisco se detuvo a predicar a los pájaros. La escena ha sido pintada muchas veces, con el fraile pobre, las aves reunidas, la mano levantada y el campo abierto.
Vista de lejos, puede parecer una imagen ingenua. Un santo hablándole a los pájaros. Pero lo importante no está en si las aves entendieron sus palabras. Lo importante es que Francisco no pasó de largo. Las miró como criaturas dignas de atención y de alabanza.
En un mundo donde los animales servían para trabajar, comer, cazar o adornar, detenerse ante ellos ya era una forma de respeto. No les pedía nada. No esperaba utilidad. Simplemente reconocía que estaban ahí y que también formaban parte del misterio de la creación.

El lobo de Gubbio
La historia del lobo de Gubbio es muy distinta. No hay aquí pájaros mansos ni una escena luminosa en medio del campo. Hay miedo.
La leyenda cuenta que un lobo aterrorizaba la ciudad. Atacaba animales, amenazaba a los vecinos y había convertido los caminos en un lugar peligroso. Entonces Francisco salió a su encuentro.
Según el relato, el lobo apareció con las fauces abiertas, pero Francisco no huyó. Hizo la señal de la cruz, lo llamó hermano y le pidió que dejara de atacar. Si dejaba en paz a la ciudad, el pueblo se encargaría de alimentarlo. La leyenda dice que el animal bajó la cabeza y selló el pacto.
Más allá de la leyenda, lo que conmueve es la mirada de Francisco. El santo de Asís no ve solo una amenaza. Ve también una criatura herida por el hambre y necesitada de paz.

Los hermanos menores
Después de esas dos escenas, la intuición de Francisco queda más clara. Para él, las criaturas no eran todas iguales ni ocupaban el mismo lugar, pero ninguna quedaba fuera de la mirada de Dios.
Por eso llamó hermanos a los animales. No porque fueran iguales al hombre, sino porque compartían con él el mismo origen. Había en esa mirada una humildad profunda. El hombre seguía teniendo un lugar especial dentro de la creación, pero ese lugar no podía vivirse como abuso.

Esa visión aparece con toda su belleza en el Cántico de las criaturas, también conocido como el Cántico del hermano sol. Allí Francisco no enumera la naturaleza como quien hace un inventario del mundo. La convierte en alabanza. Hermano sol. Hermana luna. Hermana agua. Hermano fuego.
Todo entraba en esa fraternidad más amplia. Las criaturas, los elementos, la luz, el agua, la tierra. No era solo cariño por los animales. Era una forma de recordar que la creación no es una posesión, sino un don.
Tal vez por eso su mirada sigue teniendo fuerza. Porque hemos aprendido a dominar muchas cosas, pero no siempre hemos aprendido a agradecerlas.

Nuestras criaturas domésticas
Hoy hablamos de los animales de otra manera. Muchas veces los sentimos casi como hijos, compañeros inseparables o miembros completos de la casa. Pero quizás por eso mismo podemos entender mejor, desde otro lugar, la ternura de Francisco por las criaturas.
Un perro que envejece junto a una familia. Un gato que se instala en una casa como si hubiera estado allí desde siempre. Un pájaro, un caballo, un animal pequeño en una jaula, un hámster llamado Pepinillo.
Las mascotas no resuelven la vida ni contestan nuestras preguntas más graves. Pero acompañan. Están ahí cuando la casa despierta, cuando los niños crecen o cuando una rutina sencilla necesita un poco de calor.
Entran muchas veces como un juego y terminan enseñando cosas serias. La paciencia de cuidar. La atención a otra vida. La tristeza de verlos enfermar. Y también esa primera experiencia de una pérdida pequeña, pero verdadera.

El canto de las criaturas
Al final de esta breve crónica, lo que queda no es solo la imagen de un santo rodeado de pájaros o de un lobo amansado a las puertas de una ciudad. Es, sobre todo, una manera de mirar.
Francisco vio en las criaturas algo que en pleno siglo XIII no todos estaban dispuestos a ver. No simples adornos del paisaje ni herramientas puestas únicamente a nuestro servicio, sino compañía, fragilidad y una dignidad humilde.

Por eso su canto sigue teniendo fuerza. Habla de un mundo recibido, no poseído. Un mundo donde el sol, la luna, el agua, el fuego, los animales y los hombres participan, cada uno en su lugar, de una misma creación.
La pequeña ceremonia de Pepinillo en el jardín pertenecía, en su escala mínima, a esa forma de entender el mundo. Una criatura puede pasar brevemente por nuestra vida y, aun así, dejar algo verdadero.
Esa es, quizás, la lección de Francisco. Una criatura no necesita ser grande, útil ni singular para tocarnos. A veces basta con que despierte en nosotros cuidado, gratitud y ternura.
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