Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

La tierra de los padres
Septiembre, para mí, llega primero por el olfato.
Basta el olor de una empanada recién salida del horno, esa mezcla de masa caliente, cebolla y carne, para que algo se ponga en movimiento. Después vienen las fondas, las cuecas, las banderas, el humo de los asados, la chicha, el golpe seco de un trompo contra la tierra y los volantines llenando el cielo.
En alguna radio suenan Los Huasos Quincheros y, sin saber muy bien por qué, me emociono.
También está el rodeo. El polvo de la medialuna, las espuelas, los caballos, ese mundo que mi papá y mi abuelo intentaron inculcarme desde niño. Mi abuelo fue campeón de rodeo, de modo que cierta expectativa familiar existía.

Yo estaba dispuesto a continuar la tradición hasta que mi organismo decidió rebelarse contra la patria ecuestre. Tengo una alergia feroz al pelo de caballo.
Después de un rato, mis ojos hinchados y mis estornudos ofrecían una imagen bastante menos heroica que la de un huaso corralero.
Así terminó mi carrera a caballo. Mi cariño por todo lo que lo rodeaba sobrevivió.

El huaso que inventamos
Tendemos a imaginar las tradiciones como si hubieran bajado intactas desde algún pasado remoto. Pero basta mirar las imágenes del Chile del siglo XIX para descubrir que el huaso no siempre se pareció al que hoy reconocemos cada Dieciocho.
En las láminas del Atlas de Claudio Gay, el hombre de campo chileno aparece vestido de manera bastante distinta. Se ven ponchos y mantas, sombreros de formas diversas y una indumentaria mucho más ligada a las faenas cotidianas.
Todavía no está fijada esa imagen que hoy asociamos inmediatamente al huaso, con su chaqueta corta, su faja, su chamanto y su sombrero característico. La tradición ecuestre venía en buena parte del jinete andaluz, pero aquí fue adquiriendo una forma propia.

Más tarde, grupos como Los Cuatro Huasos y Los Quincheros ayudaron a fijar aquella imagen en nuestra imaginación.
No me molesta descubrir que una tradición se construye. Quizá eso sea precisamente una tradición, algo que muchas generaciones reciben, modifican y vuelven a entregar hasta que termina perteneciéndonos.
¿Y acaso no ocurre algo parecido con la patria en la que nacemos?

La tierra de los padres
La palabra patria contiene una pista reveladora. Viene del latín patria, vinculada a patrius y, finalmente, a pater. El padre, los antepasados. La tierra de los padres.
Me gusta esa idea porque convierte a la patria en algo anterior a cualquier frontera o constitución. Antes que un mapa, parece haber sido una herencia. Un lugar recibido de quienes estuvieron antes, con sus paisajes, palabras, canciones y recuerdos.
Tal vez por eso Ulises pasa veinte años intentando volver a Ítaca. Ha visto ciudades, palacios, monstruos y maravillas. Calipso le ofrece incluso la inmortalidad, pero él quiere regresar a aquella pequeña isla pedregosa. Quiere volver a su casa.
Tal vez porque pertenecer no consiste en vivir en el sitio más admirable, sino en reconocer un lugar como propio y saber que allí está nuestra historia.
El sentimiento es mucho más antiguo que los Estados nacionales. Podemos admirar otros países sin dejar de necesitar un lugar al cual sentir que pertenecemos.
La patria no necesita ser perfecta para ser querida. Tampoco lo es una familia.

Querer sin despreciar
Yo no necesito creer que Chile es el mejor país del mundo para quererlo. Hay países más ricos, ciudades mejor conservadas, trenes más puntuales y seguramente extranjeros convencidos de que hacen mejores empanadas, aunque en esto último estoy bastante menos dispuesto a transar.
Quizá parte del problema es que hemos confundido patriotismo con chauvinismo.
El chauvinismo necesita compararse. Para sentirse grande, necesita que otro sea pequeño. El patriotismo puede ser algo más sencillo. Es gratitud por un paisaje, una historia, una manera de hablar, unas canciones y ciertos recuerdos compartidos.
Uno cuida con mayor facilidad aquello que siente suyo. Una plaza, un edificio, una costumbre. Incluso una bandera. No porque la tela tenga algo sagrado en sí misma, sino porque algunas telas terminan cargando cosas que no caben en ellas.

La estrella solitaria
La nuestra, además, no siempre fue igual. Durante la Patria Vieja, bajo José Miguel Carrera, Chile tuvo una bandera de tres franjas: azul, blanca y amarilla.
Después de Chacabuco apareció la llamada bandera de Transición, que reemplazó el amarillo por el rojo. Y en octubre de 1817, bajo el gobierno de Bernardo O’Higgins, nació finalmente la Estrella Solitaria que reconocemos hoy.
Me gusta pensar que incluso la bandera tuvo que ir encontrando su forma. No apareció terminada junto con Chile. Fue cambiando mientras el país también intentaba descubrir quién era. Sus colores, su estrella, su diseño, todo fue adquiriendo con el tiempo un significado que ninguna ley podía imponer por sí sola.

Quizá eso ocurre con los símbolos. Al principio son apenas una tela, un dibujo, una canción. Después los años empiezan a llenarlos de recuerdos.
Por eso, cuando veo una bandera chilena flameando en septiembre, no pienso demasiado en su diseño ni en su historia. Pienso en algo mucho más cercano. En mi casa, en mi familia, en el lugar al que pertenezco.

La patria chica
Al final, la patria termina siendo mucho más concreta de lo que parece.
Puede ser la cordillera, el mar o una historia común. Pero también una sobremesa, una receta, una palabra dicha a nuestra manera, una canción conocida. Son cosas que mientras estamos aquí apenas advertimos, porque forman parte natural de nuestra vida.
Por eso, muchas veces, es lejos de Chile donde más chilenos nos sentimos. Basta escuchar una cueca en otro país, reconocer nuestro acento entre desconocidos o encontrarnos inesperadamente con una bandera para que aquello que en casa parecía cotidiano adquiera de pronto otro valor.
Quizá la patria más profunda empiece precisamente ahí, en esas cosas pequeñas que nos recuerdan de dónde venimos.
Antes de aprender a querer un país aprendemos a querer una casa. Antes de la bandera están los lugares, las costumbres y las personas que nos enseñaron a reconocerla.
Tal vez la patria grande no sea más que la suma de todas esas cosas que sentimos nuestras.

Septiembre
Hoy es 19 de septiembre y Chile está en plenas Fiestas Patrias.
Las banderas llevan días flameando en las casas. Hay volantines sobre los potreros, olor a carbón y humo de asados. Suena una cueca a lo lejos, alguien hace bailar un trompo y, con un poco de suerte, en alguna radio todavía aparecen Los Huasos Quincheros.
Y entonces vuelvo a entender por qué todas estas cosas me emocionan.

Pienso en mi papá y en mi abuelo, en aquello que recibí de ellos, y me alegra ver a mis hijos disfrutar hoy de estas mismas tradiciones y pensar que también ellos empiezan a formar sus propios recuerdos.
Hoy, mientras una bandera se mueve con el viento de septiembre y el olor de una empanada vuelve a llenar la casa, la antigua palabra recupera todo su sentido.
Patria. La tierra de los padres.
Y por un instante, entre una cueca lejana, un volantín en el cielo y tantos recuerdos familiares, me alegra profundamente saber que esta es la mía.
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