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Escrito por:

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Luis Enrique Besa Vial

La herencia invisible

n la iglesia de la Compañía de Cusco, entre dorados barrocos y silencios antiguos, hay un cuadro que no se mira de paso. Obliga a detenerse. No por su técnica, sino por lo que encierra.

En él aparece Beatriz Clara Coya, heredera de la nobleza del Tahuantinsuyo, junto al capitán español Martín García Óñez de Loyola. No es una imagen de sometimiento ni de derrota, sino la de una unión cuidadosamente presentada como matrimonio, alianza y reconocimiento.

Es, en apariencia, una pintura más de la colonia. Pero en el fondo es otra cosa, un intento de reconciliar dos mundos que habían chocado con una violencia imposible de negar. La nobleza inca y la nobleza española, puestas en el mismo plano.

Ese cuadro, lejos de ser ingenuo, resulta revelador.

Porque en él se insinúa una dignidad compartida y una verdad que la vieja élite chilena aún rehúye: nuestro origen mestizo.

Matrimonios de Martín de Loyola con Beatriz Ñusta y de Juan de Borja con Lorenza Ñusta, pintura cusqueña de inicios del siglo XVIII.

La nobleza compartida

Al centro del cuadro están San Ignacio de Loyola y San Francisco de Borja.

No ocupan ese lugar por casualidad.

Desde ahí observan las dos uniones, la de Beatriz Clara Coya con Martín García Óñez de Loyola y la de su hija Lorenza con Juan de Borja.

Tampoco esos hombres son figuras cualquiera. Martín García Óñez de Loyola desciende de la familia de San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús. Juan de Borja, por su parte, desciende de San Francisco de Borja, otro de los grandes nombres de la orden.

Detalle del cuadro que representa a San Ignacio de Loyola y a San Francisco de Borja.

Así, la escena adquiere otro peso.

A un lado, la nobleza americana; al otro, la nobleza española. Y, en el centro, la Iglesia y la Corona legitimando esa unión. El conquistador y el conquistado aparecen, al menos en la escena, como iguales.

Eso es lo que vuelve tan poderoso al cuadro, el reconocimiento de una dignidad que resulta difícil de ignorar y que, sin embargo, todavía nos cuesta reconocer como propia.

La panaca inca, conformada por Sayri Túpac, Túpac Amaru y Cusi Huarcay.

La raíz que incomoda

En América Latina, y en Chile no es la excepción, hay una incomodidad persistente con lo indígena. Y esa incomodidad ha sido especialmente visible en las élites; en aquello que antes se llamaba la aristocracia, los criollos, las familias que aprendieron a pensarse más cerca de Europa que de América.

Está en todas partes, pero se disimula. En los relatos familiares que se omiten, en los orígenes que se embellecen, en los antepasados que se nombran con orgullo y en aquellos que se dejan en la sombra.

Observando un árbol genealógico para entender mejor el origen entre familias de los siglos XVI al XVIII.

También aparece en los rostros. En ciertos parecidos que vemos todos los días y casi nunca nombramos. En familias donde nadie se reconoce en ese origen, pero donde algo de esa historia vuelve a aparecer en una mirada, en un gesto, en una forma de sonreír.

No se trata de un rechazo frontal, sino de algo más sutil, una forma de pudor heredado.

Como si lo indígena fuese una raíz que conviene no mostrar demasiado.

Y, sin embargo, está.

En la sangre, en la lengua, en la manera de entender el mundo. Está incluso en quienes creen no tener nada que ver con ello.

"De mestizo y de india, coyote" (siglo XVIII) representa la mezcla entre un hombre mestizo y una mujer indígena.

La sangre que se oculta

En Chile, esa historia no desapareció. Pero se volvió más silenciosa.

A diferencia de otros países, donde lo indígena permanece más visible, aquí aprendimos a empujarlo hacia el margen. No a negarlo del todo, pero sí a disimularlo.

Parte de eso viene del sistema de castas colonial, una jerarquía donde el origen, la apariencia y la cercanía con lo europeo abrían o cerraban puertas. Era, en el fondo, una forma de pigmentocracia.

Para acceder al poder, al gobierno o a la élite, convenía parecer menos indígena y más español.

Familia mestiza, español e india, basado en un cuadro del siglo XVIII.

Ser mestizo no era solo una condición. Era, muchas veces, una incomodidad.

Con el tiempo, esa incomodidad se volvió pudor. En relatos familiares que comienzan en Europa, como si todo empezara ahí. En apellidos que se destacan y otros que se olvidan.

No se dice. Pero se transmite.

Y, sin embargo, basta mirar con atención para que esa historia vuelva a aparecer.

Pintura de castas. Anónimo, siglo XVIII.

La huella revelada

Tal vez por eso, hace algunos años, decidí hacerme un examen de ADN.

No por curiosidad científica, sino por una historia familiar que siempre había flotado en el aire. Una historia que hablaba de una conexión lejana con una princesa inca llamada Coya Bárbola.

Era una de esas historias que se cuentan con orgullo y escepticismo al mismo tiempo.

El resultado fue, en apariencia, modesto: 1,5% amerindio.

A simple vista, parecía una cifra mínima, pero no lo era.

Porque confirmaba algo más grande: la continuidad. Una línea que no se había roto del todo.

No era una fantasía. Era una huella.

Y esa huella, por mínima que fuera, pesaba.

Recreación del conquistador García Díaz de Castro junto a su esposa inca Coya Bárbola y su familia, siglo XVI.

La sangre que persiste

Lo más sorprendente es que esa historia no terminó ahí.

No quedó encerrada en un cuadro. Continuó, en silencio, a través de generaciones.

A través de Coya Bárbola y del conquistador García Díaz de Castro, esa unión se volvió descendencia.

En Chile y Argentina, esa línea se cruzó con familias que luego ocuparían lugares visibles. Nombres que uno reconoce, y casi nunca asocia con ese origen, aparecen en esa trama: Mateo de Toro Zambrano, Melchor Concha y Toro, Aníbal Pinto, el ex presidente Sebastián Piñera, entre muchos otros.

Incluso esa sangre cruzó el océano. Según algunas reconstrucciones genealógicas, la línea llegaría hasta Máxima Zorreguieta, argentina de origen y reina consorte de los Países Bajos. La sangre inca entrando, siglos después, en las monarquías de Europa.

Como si la historia diera una vuelta completa.

Máxima Zorreguieta fue coronada como reina consorte de los Países Bajos el 30 de abril de 2013.

La historia que nos forma

Tal vez el problema es que seguimos mirando esa historia con distancia. Como si tuviéramos que elegir entre una parte y otra.

Pero no hay que elegir, porque somos el resultado de ese cruce.

Negar una parte es empobrecer el todo. Y, sin embargo, durante mucho tiempo aprendimos a mirar hacia otro lado. A celebrar lo europeo como aspiración y a reducir lo indígena a un vestigio.

El ADN no distingue entre orgullos y vergüenzas. Solo deja ver de dónde venimos. Y lo que muestra es que la historia no se deja ordenar según nuestras preferencias.

Pintura de Castas. De español y mestiza, castiza. 1763.

El orgullo compartido

Vuelvo al cuadro de Cusco y lo miro ahora con otra conciencia. Ya no lo veo como una escena lejana, sino como un espejo.

Pero no como un espejo incómodo.

Lo veo como un motivo de orgullo.

Porque esa unión no pertenece solo al pasado. Habla también de nosotros. De una historia que cruzó sangres, lenguas y memorias hasta formar algo nuevo.

Matrimonios de Martín de Loyola con Beatriz Ñusta, pintura cusqueña de inicios del siglo XVIII.

Quizás ahí está lo esencial. En entender que no hay una parte que deba esconderse para que la otra exista. Que lo indígena, lo hispano y lo mestizo no son identidades enfrentadas, sino una misma herencia.

Tal vez ha llegado el momento de mirarla de frente. Y de sentir, por fin, orgullo por todo lo que somos. No como quien busca pureza, sino como quien acepta una historia compleja, viva, hecha de heridas y grandezas.

Una historia que no disminuye ninguna de nuestras raíces, sino que las enaltece.

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