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Escrito por:

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Luis Enrique Besa Vial

El niño que soñó con Troya

Cuando era niño, mi abuela me leía una versión ilustrada de la Ilíada y de la Odisea.

Todavía puedo verla pasando aquellas páginas gruesas donde aparecían guerreros cubiertos de bronce, barcos avanzando sobre el mar y un enorme caballo de madera frente a las murallas de Troya.

Había imágenes que me impresionaban especialmente. Aquiles frente a la ciudad. Héctor esperando un combate que sabía inevitable. Paris y Helena observando la guerra desde lo alto de las murallas.

La Ilíada y la Odisea, 1956, Ilustrado por Alice y Martin Provensen

Años más tarde descubriría aquella famosa frase del poeta inglés Christopher Marlowe sobre Helena de Troya: “el rostro que lanzó mil barcos”. Pero incluso antes de entender realmente su significado, intuía que detrás de esas historias había algo distinto a los cuentos infantiles habituales.

Había tragedia, gloria, ambición y destino.

No recuerdo exactamente qué edad tenía cuando escuché por primera vez esos relatos, pero sí recuerdo la sensación que producían. La impresión de que el pasado estaba lleno de ciudades desaparecidas, héroes derrotados y nombres capaces de atravesar siglos.

Troya quedó instalada en mi imaginación desde entonces.

Escena de la guerra de Troya en una crátera ática del siglo VI a.C. Museo Arqueológico de Atenas.

La ciudad que sobrevivió al olvido

La guerra de Troya ocurrió, si es que realmente ocurrió, hace más de tres mil años. Y, sin embargo, los nombres de Aquiles, Héctor, Ulises y Helena siguen siendo reconocibles incluso hoy.

Los poemas atribuidos a Homero, escritos probablemente hacia el siglo VIII antes de Cristo, consiguieron algo muy poco frecuente: mantener viva una ciudad mucho después de su desaparición.

Imperios enteros desaparecieron, cambiaron las lenguas, las religiones y las fronteras, pero aquellas historias continuaron siendo leídas y transmitidas de generación en generación.

Pero las historias, a veces, sobreviven más que las propias piedras.

El caballo de Troya entró en la ciudad como una ofrenda de victoria, ocultando en su interior a los guerreros griegos.

Los hombres que soñaron con Troya

Los versos de Homero siguieron viviendo en la memoria y en los sueños de quienes leyeron la Ilíada.

Alejandro Magno, por ejemplo, llevaba consigo una copia de aquel antiguo poema, que según algunas fuentes dormía bajo su almohada junto a una daga.

Admiraba profundamente a Aquiles y veía en él una forma de heroísmo que intentó imitar durante buena parte de su vida.

Cuando llegó a Asia Menor en el siglo IV antes de Cristo, visitó las supuestas ruinas de Troya y rindió homenaje ante su tumba.

"Homero" imaginado por el artista francés Jean-Baptiste Auguste Leloir (1841).

Los romanos, por su parte, hicieron descender sus orígenes de los sobrevivientes troyanos a través de Eneas. Más tarde, poetas, soldados, viajeros y reyes siguieron leyendo a Homero como si aquellos poemas conservaran algo más que literatura.

Porque ciertas historias no permanecen encerradas en los libros. Siguen actuando sobre quienes las leen, incluso siglos después.

A comienzos del siglo XIX, esa antigua fascinación encontró un nuevo lector. Esta vez no sería un rey ni un conquistador, sino un niño alemán.

Bustos de los siete grandes héroes de la ilíada, grabado década de 1790.

El niño alemán

Heinrich Schliemann nació en 1822, en la pequeña localidad de Neubukow, al norte de Alemania. Su padre era pastor protestante y aficionado a los relatos clásicos. Fue él quien le habló por primera vez de Homero y de la guerra de Troya.

Años después, Schliemann contaría que una ilustración de la ciudad incendiada lo había impresionado profundamente y que, siendo todavía niño, prometió que algún día encontraría aquella ciudad perdida.

Es posible que exagerara ciertos detalles. Tenía tendencia a convertir episodios de su vida en relatos más épicos de lo que probablemente fueron. Pero, más allá de eso, resulta evidente que nunca abandonó aquella obsesión.

Mientras muchas personas dejan atrás los sueños infantiles con la llegada de la adultez, Schliemann hizo exactamente lo contrario.

Toda su vida terminó organizándose alrededor de una historia escuchada en la infancia.

Heinrich Schliemann, Fotografía de Ed. Schitze. Biblioteca Universitaria de Leipzig.

El hombre de los idiomas

Su juventud estuvo lejos de ser extraordinaria. No tuvo una gran formación académica ni una vida especialmente cómoda. Trabajó como empleado comercial y pasó años dedicado a los negocios hasta construir una fortuna importante en Rusia y más tarde durante la fiebre del oro de California.

Aprendía idiomas de manera obsesiva. Inglés, francés, ruso, español, italiano y griego moderno. Leía en voz alta durante horas y memorizaba páginas completas para acelerar el aprendizaje.

Mientras hacía dinero y recorría distintos países, Troya seguía apareciendo en el fondo de su vida como una idea fija.

Cuando finalmente tuvo suficiente fortuna para retirarse, tomó una decisión que muchos debieron considerar absurda. Dedicar tiempo, dinero y energía a buscar una ciudad que la mayoría consideraba un mito.

En 1873, Heinrich Schliemann comenzó a excavar Troya inspirado por la Ilíada de Homero.

Excavar un mito

En 1870, Schliemann llegó a Hisarlik, en la actual Turquía, convencido de que bajo esa colina se encontraban las ruinas de Troya.

No tenía demasiadas certezas. Tampoco era arqueólogo profesional. Su principal guía era la propia Ilíada, ese poema antiguo que durante siglos muchos habían leído como una obra literaria, no como un mapa para encontrar una ciudad perdida.

La arqueología todavía estaba lejos de ser la disciplina rigurosa que conocemos hoy, y Schliemann excavaba con una mezcla de intuición, impaciencia y fe casi infantil en Homero.

Durante tres años removió la tierra buscando una ciudad que otros seguían considerando un mito.

Heinrich Schliemann tomando dibujos de las murallas de Troya (Hissarlik) durante las excavaciones

La ciudad bajo la tierra

Y entonces, en 1873, comenzaron a aparecer las primeras señales.

Joyas, vasos de oro y objetos antiguos surgieron desde la tierra. Schliemann aseguró haber encontrado el “Tesoro de Príamo”, el legendario rey de Troya.

La escena que describió después parece salida de una novela de aventuras. Contó que vio un destello entre el polvo y que, junto a su esposa Sophia, retiró el tesoro en secreto mientras ella escondía las joyas bajo su chal.

Retrato de Sophia Schliemann luciendo el Tesoro de Príamo (1873)

Probablemente la historia no ocurrió exactamente así. Sophia ni siquiera estaba presente aquel día.

Pero más allá de sus exageraciones, Schliemann había logrado algo extraordinario: encontró los restos de una ciudad real bajo la colina de Hisarlik. La Troya de Homero, o al menos la ciudad que había dado origen a aquella memoria legendaria, dejaba de pertenecer solo al territorio de la imaginación.

Más de tres mil años después, la ciudad cantada por Homero volvía a tener un lugar en la historia.

En 1876, Schliemann excavó Micenas y abrió una puerta decisiva entre la leyenda homérica y la historia real.

Las historias que permanecen

Todavía puedo ver a mi abuela leyendo aquella versión ilustrada de la Ilíada, como si las palabras de Homero volvieran a levantar, página tras página, las murallas de Troya.

A esa edad, ciertas historias entran sin esfuerzo y permanecen con nosotros mucho después de la infancia.

Y aunque con los años cambian muchas cosas, algunas de esas primeras impresiones siguen ahí, en silencio.

Aquiles y Héctor se enfrentan ante las murallas de Troya.

Tal vez eso sea lo más extraordinario de Schliemann. Que nunca dejó de perseguir la ciudad que había conocido primero en los libros.

No era arqueólogo profesional. No pertenecía al mundo académico. Y, aun así, hizo más por despertar el interés por el mundo antiguo que muchos especialistas cuyos nombres hoy casi nadie recuerda.

Porque Troya no comenzó para él bajo la tierra, sino mucho antes, en la historia que escuchó siendo niño y que decidió no olvidar jamás.

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