Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

La diosa y la rueda
Yo no soy de jugar a la lotería, pero mentiría si dijera que nunca caigo en la tentación.
Hay ocasiones en que el pozo acumulado alcanza cifras tan absurdas que la imaginación empieza a trabajar antes que la razón. Uno sabe que las probabilidades son mínimas. Lo sabe antes de comprar el número y lo sigue sabiendo después. Sin embargo, termina comprándolo igual.
Porque no es el boleto lo que importa, sino esa posibilidad mínima, casi absurda, de que la suerte se acuerde de uno.

Durante unos días, ese pequeño papel permite imaginar una vida distinta. Y aunque la razón insiste en recordarnos lo improbable del premio, algo más profundo responde que lo improbable ocurre todos los días.
Quizás por eso la fortuna ha fascinado a los seres humanos desde siempre. Porque todos hemos visto cómo una llamada, una enfermedad, una herencia inesperada o un encuentro casual pueden cambiar una vida entera.
A esa fuerza caprichosa, mucho antes de las loterías modernas, los antiguos la imaginaron como una diosa. La llamaron Fortuna.

La rueda
Durante la Edad Media, la Fortuna era representada como una mujer que hacía girar una enorme rueda. Sobre ella aparecían reyes, obispos, comerciantes y mendigos. Algunos subían mientras otros descendían.
La imagen era sencilla y brutal.
Nadie permanecía arriba para siempre. Nadie estaba condenado a permanecer abajo. La riqueza, el poder, la salud, la fama e incluso la desgracia podían desaparecer con la misma rapidez con que habían llegado.
Aquella rueda no explicaba el mundo con justicia. Lo explicaba con incertidumbre.

Y tal vez por eso la imagen, aunque venga de un mundo lejano, todavía nos resulta familiar. Aunque hoy ya no culpemos a una diosa, seguimos viviendo bajo la misma fragilidad.
Basta un accidente, una crisis, una enfermedad o una decisión ajena para alterar planes construidos durante años.
Los medievales convivían con esa realidad de manera más natural que nosotros. Sabían que el orden era frágil. Nosotros, en cambio, solemos creer que controlamos mucho más de lo que realmente controlamos.
Pero, aunque hayan pasado siglos, la rueda sigue girando.

La esquina equivocada
A veces la Fortuna no necesita grandes gestos para cambiar la historia. Le basta una esquina.
El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, el archiduque Francisco Fernando sobrevivió a un primer atentado. Todo parecía indicar que el peligro había pasado. Pero más tarde, cuando se dirigía a visitar a los heridos, el conductor tomó una calle equivocada.
Al detenerse para corregir el rumbo, el automóvil quedó justo frente a Gavrilo Princip, uno de los conspiradores que ya creía haber perdido su oportunidad.
Princip disparó y mató al archiduque y a su esposa, Sofía. En pocas semanas, Europa se precipitó hacia la Primera Guerra Mundial.
Siempre me ha impresionado esa historia porque muestra hasta qué punto los grandes acontecimientos pueden depender de detalles mínimos. Una calle equivocada. Un automóvil detenido unos segundos. Un hombre que estaba exactamente donde no debía estar.
La rueda giró en una esquina de Sarajevo. Y el siglo XX cambió de dirección.

Lo que depende de nosotros
Los filósofos han intentado durante siglos encontrar alguna forma de convivir con esa incertidumbre. En el siglo I, Epicteto, que nació esclavo y conoció desde temprano la fragilidad de la existencia, llegó a una conclusión sencilla: hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no.
La fortuna pertenece claramente al segundo grupo.
No controlamos dónde nacemos. No elegimos la familia que nos recibe. No decidimos la época en que vivimos ni las oportunidades que aparecerán. Tampoco muchas de las dificultades que deberemos enfrentar.
Lo único que verdaderamente nos pertenece es la manera de responder.
Es una idea humilde, y quizás por eso resulta tan difícil de aceptar. Nos gusta pensar que somos autores exclusivos de nuestros éxitos y también de nuestros fracasos. Pero basta mirar cualquier vida con atención para descubrir la enorme cantidad de factores que escapan a nuestra voluntad.
Epicteto no buscaba vencer a la Fortuna, sino aprender a vivir sabiendo que nunca podría controlarla.

Napoleón y el vértigo de la rueda
Pocas vidas muestran con tanta claridad el vértigo de la rueda como la de Napoleón.
Su talento era indudable. Pero también lo fue la extraordinaria cadena de circunstancias que hizo posible su ascenso. Sin la Revolución Francesa, probablemente habría sido un oficial más. Sin las oportunidades de su tiempo, quizás hoy apenas sería una nota al pie en algún libro de historia.
La Fortuna lo elevó hasta convertirlo en emperador; después lo derribó.
Exilio, regreso, Waterloo y una segunda caída definitiva. La misma rueda que lo llevó a la cima terminó conduciéndolo a Santa Elena.
Y eso es precisamente lo inquietante.
Si algo semejante pudo ocurrirle a uno de los hombres más poderosos de la historia, ¿qué queda para el resto de nosotros?
La vida de Napoleón suele presentarse como una historia de ambición y talento. Lo fue. Pero también fue una historia de circunstancias irrepetibles. Incluso los hombres extraordinarios siguen siendo pasajeros sobre la rueda.

La ilusión del control
Quizás una de las mayores ilusiones humanas consiste en creer que somos arquitectos absolutos de nuestro destino.
Nos gusta pensar que el esfuerzo siempre será recompensado y que el mérito basta para explicar el éxito o el fracaso. Es una idea tranquilizadora, porque nos hace sentir que el mundo tiene una lógica clara.
La historia, sin embargo, suele ser menos ordenada.
Hay hombres brillantes que nunca encontraron una oportunidad. Inventores cuyas ideas llegaron demasiado pronto. Artistas que pasaron inadvertidos durante toda su vida.

Y también ocurrió lo contrario. Personas comunes que estuvieron en el lugar adecuado en el momento preciso; familias cuya historia cambió por una herencia inesperada o una decisión tomada por alguien a quien jamás conocieron.
Por supuesto que nuestras decisiones importan.
Pero sería absurdo ignorar el peso del azar.
Quizás la vida se parece menos a una obra cuidadosamente diseñada que a una navegación. Podemos elegir el rumbo, ajustar las velas y esforzarnos por avanzar, pero nunca controlaremos completamente el viento.

Mientras la rueda sigue girando
Quizás por eso, de vez en cuando, termino comprando un boleto de lotería.
No porque espere ganar, sino porque, por unos días, me permito pensar que la diosa Fortuna podría acordarse de mí.
Pero la diosa rara vez obedece nuestros deseos. Hacemos planes, construimos proyectos e imaginamos el futuro, aunque una parte importante de nuestra vida seguirá dependiendo de fuerzas que no controlamos.
Los medievales tenían razón al imaginar la vida como una rueda que nunca deja de girar. Todos ocupamos un lugar en ella, aunque nunca sepamos por cuánto tiempo.

El rey y el mendigo. El vencedor y el derrotado. El hombre que acaba de triunfar y aquel que cree haberlo perdido todo.
La Fortuna gira sin pedir permiso. Reparte cartas sin consultar nuestros planes y cambia vidas enteras con una facilidad desconcertante.
Porque la rueda nunca se detiene.
Y mañana, como ha ocurrido desde el comienzo de la historia, volverá a girar.
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