Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

La belleza de lo breve
Cuando era niño podía pasar horas construyendo castillos de arena.
No hacía falta demasiado. Un balde, una pala, un poco de agua y esa seriedad absoluta con que los niños se toman las cosas importantes. Poco a poco aparecían murallas, torres, caminos y canales destinados a defender una fortaleza que, desde el primer momento, tenía perdida la batalla.
Porque la marea siempre llegaba.
Al principio uno luchaba contra ella. Reforzaba los muros, levantaba nuevas defensas y trataba de salvar aquello que había tomado tanto tiempo construir. Pero el resultado era inevitable. Una ola entraba por un costado, luego otra, y en pocos minutos lo que parecía sólido volvía a ser simplemente arena.

Lo curioso es que al día siguiente volvíamos a hacerlo.
Con los años, esa imagen me parece menos infantil de lo que parece. Buena parte de la vida consiste precisamente en levantar cosas que algún día serán borradas, como proyectos, recuerdos, fotografías e historias.
La ciudad que duraba un día
Esa necesidad de crear belleza, aun sabiendo que será pasajera, no es nueva.
Durante el Renacimiento y el Barroco, cuando un rey visitaba una ciudad, sus habitantes preparaban verdaderos espectáculos urbanos. Las calles cambiaban por completo. Se levantaban fachadas falsas, decoraciones monumentales, fuentes provisionales y enormes arcos triunfales para recibir al monarca.
Por unas horas, la ciudad dejaba de ser la misma.
Lo más curioso es que muchas de aquellas construcciones, que parecían hechas de mármol para desafiar los siglos, en realidad eran de madera, tela, pintura y yeso. Monumentos condenados a una vida breve.

Artistas y artesanos podían trabajar durante semanas sabiendo que, terminada la celebración, todo sería desmontado. No se trataba de sobrevivir, sino de crear un instante irrepetible.
Esa idea parecía hecha para el Barroco, una época que entendió la vida como escenario, como representación y como brillo destinado a apagarse.
Una ciudad podía vestirse de eternidad durante unas horas, antes de volver a ser la misma.

El fuego de Valencia
Años después, cuando visité Valencia durante las Fallas, vi esa intuición convertida en fiesta.
La ciudad parecía transformada. Había música, ruido, olor a pólvora y enormes figuras que aparecían en plazas y calles como si hubieran nacido durante la noche. Algunas eran humorísticas, otras críticas, otras simplemente impresionantes por su tamaño y detalle.
Pero ninguna estaba hecha para quedarse.

Durante meses, artistas falleros habían imaginado, diseñado y construido aquellas esculturas. Cada gesto, cada expresión y cada pequeño detalle exigía horas de trabajo.
Todo para llegar a una sola noche, La Cremà, el momento en que el fuego consume aquello que tomó meses levantar.
Al principio me parecía una contradicción. ¿Cómo podía alguien dedicar tanto esfuerzo a algo destinado a convertirse en ceniza? Pero quizás ahí estaba la respuesta.
Las Fallas arden precisamente porque esa es su razón de ser. Su belleza no está en permanecer, sino en reunir durante unos días a miles de personas alrededor de algo que nunca volverá a repetirse.

Pintar con arena
En otro extremo del mundo, los monjes tibetanos llevan esa misma idea a una expresión más silenciosa.
Durante días trabajan pacientemente creando mandalas con millones de granos de arena coloreada. Cada línea, cada forma y cada color ocupan un lugar cuidadosamente pensado. Es una obra que exige concentración, delicadeza y tiempo.
Uno imaginaría que, al terminar, habría que protegerla detrás de un vidrio para que otros pudieran admirarla durante años.
Pero ocurre exactamente lo contrario.

Cuando el mandala está completo, los mismos monjes que lo crearon lo destruyen. La arena vuelve a mezclarse y aquella imagen perfecta permanece únicamente en quienes tuvieron la suerte de verla.
La primera vez que conocí esa tradición me costó entenderla. Después de tanto esfuerzo, ¿por qué borrar voluntariamente algo tan hermoso?
Quizás el mandala no habla solo de belleza, sino también de desapego. De aceptar que no todo aquello que amamos necesita permanecer para haber valido la pena.

El sueño del caballero
El Barroco español también supo mirar de frente esa fragilidad.
En el siglo XVII, Antonio de Pereda pintó El sueño del caballero, una de esas obras que parecen simples al principio, pero esconden una reflexión enorme sobre la existencia.
En el cuadro aparece un joven dormido junto a una mesa llena de objetos. Hay monedas, joyas, armas, libros, flores, máscaras y símbolos de poder. Todo aquello que, de una u otra forma, los seres humanos hemos perseguido siempre, desde la riqueza y el conocimiento hasta la fama, los placeres y la gloria.
Pero el caballero duerme, y mientras duerme, un ángel sostiene una inscripción que recuerda que el tiempo vuela.

El mensaje era muy propio del Siglo de Oro español. Aquello que creemos poseer puede desvanecerse en un instante.
El cuadro no habla solo de riquezas u honores. Su advertencia es más incómoda, porque también alcanza las cosas que valoramos, como nuestros libros, nuestros recuerdos, nuestros logros y todo aquello que pensamos que nos define.
Al final, quizá todo sea parte de un sueño breve.

Mi necesidad de escribir
Quizás por eso siempre he sentido una atracción especial por las historias. No solo por las grandes, sino también por esas pequeñas huellas que el tiempo va dejando atrás. Una carta antigua, una conversación recordada, una fotografía olvidada o un nombre perdido entre miles de páginas.
Esa inquietud también estuvo presente en mi trabajo como productor audiovisual. En documentales y programas como Chile deMente o Un viaje en el tiempo, había siempre un deseo parecido, el de detener por un momento aquello que sigue avanzando.

Una cámara, al igual que la memoria, atrapa instantes que de otro modo podrían perderse. Una voz, un gesto, una mirada, una historia que quizás nadie volvería a contar.
Tal vez estas crónicas nacen de esa misma necesidad. Escribir sobre un viaje, una persona, un objeto antiguo o una historia olvidada es mi manera de rescatar fragmentos antes de que se borren del todo.
No creo que con eso pueda vencer al tiempo. Pero, mientras la marea avanza, todavía me gusta intentarlo.
Antes de que llegue la ola
Con los años he vuelto muchas veces a pensar en aquellos castillos de arena. Sabía que no durarían, que al día siguiente probablemente no habría señal alguna de aquella pequeña fortaleza. Pero eso nunca importó demasiado, porque el verdadero valor no estaba en que permaneciera, sino en haberla construido.
Tal vez ocurre lo mismo con muchas cosas que hacemos, desde los viajes y las conversaciones hasta las amistades, los proyectos y los sueños. Las piedras se gastan, los libros envejecen, los recuerdos cambian e incluso las historias que contamos algún día pueden perderse.

Quizás no construimos para derrotar a la marea, sino porque mientras lo hacemos estamos vivos.
Tal vez algunas cosas son hermosas precisamente porque desaparecen. Porque durante un breve instante estuvieron aquí.
Una ciudad vestida para una fiesta, una falla iluminando la noche antes de convertirse en ceniza, un dibujo de arena, un cuadro antiguo o una historia escrita contra el olvido.
La marea llegará, como llega siempre.
Pero mientras tanto seguimos construyendo.
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