Escrito por:
Luis Enrique Besa Vial

El viajero impertinente
La escena podría ocurrir en cualquier avión. No hace falta que sea un vuelo especial.
Basta uno de esos trayectos donde uno busca su asiento, acomoda el bolso como puede y se prepara para pasar algunas horas en ese espacio mínimo que las aerolíneas todavía llaman cabina.
Durante siglos el ser humano soñó con volar. Miró a los pájaros, imaginó máquinas imposibles y terminó logrando una de las mayores proezas de la historia. Cruzar continentes en unas pocas horas, suspendido a diez mil metros de altura.
Y, sin embargo, ahí estamos. En medio de ese milagro técnico, viendo cómo alguien se saca los zapatos, estira los pies donde no corresponde, habla a gritos o deja basura como si el mundo terminara en el borde de su asiento.

La escena se repite con una frecuencia incómoda. Y lo que revela no es solo descuido, sino una cierta pobreza de espíritu.
Sería injusto culpar solamente al pasajero. Las aerolíneas permitieron que millones de personas llegaran a lugares antes impensados, y eso es una conquista extraordinaria. Pero también redujeron muchas veces la experiencia a trasladarnos de un punto a otro al menor costo posible.
El pasajero dejó de ser viajero para convertirse en una reserva, una cifra, un asiento ocupado. Casi como ganado.

El antiguo arte de viajar
Durante siglos, viajar fue algo excepcional. No era cómodo ni rápido. Implicaba tiempo, esfuerzo y riesgo. Había que despedirse, cruzar mares y soportar caminos difíciles.
Por eso el viaje tenía otro peso. No era una pausa entre dos rutinas, sino una experiencia capaz de transformar a quien partía.
En los siglos XVII y XVIII apareció una tradición que marcó profundamente a las élites europeas: el Grand Tour. Para muchos jóvenes aristócratas, especialmente británicos, recorrer Europa era considerado una etapa fundamental de su educación.
No se viajaba simplemente para descansar ni para decir “yo estuve ahí”. Se viajaba para formarse.

El joven que partía aprendía idiomas, conocía otras costumbres, recorría ciudades históricas y estudiaba arquitectura, pintura y música. Roma era casi una obligación. Frente a sus ruinas, comprendía que el presente era apenas una capa más sobre una historia mucho más larga.
Conviene, eso sí, no idealizar ese mundo, porque era un privilegio reservado a unos pocos. Pero detrás de esa práctica permanecía una idea poderosa, el viaje como transformación personal.
El viajero no debía volver simplemente con recuerdos. Debía volver distinto.

Cruzar el océano para quedarse
Algo de ese espíritu existió también en Chile durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando muchas familias acomodadas viajaban a Europa no por algunos días, sino por largas temporadas. Cruzaban el Atlántico y se instalaban durante meses, a veces años, en París, Londres, Roma o Madrid.
Los barcos no transportaban solamente pasajeros. Llevaban grandes baúles, muebles, libros, vestidos y objetos personales. Algunas familias viajaban con personal de servicio e incluso existen relatos de animales llevados durante esas largas travesías.
Vista desde hoy, la imagen puede parecer excesiva, casi absurda. Pero más allá del privilegio evidente, revela algo interesante, viajar significaba instalarse en otro mundo. No pasar simplemente por él.
Había tiempo para observar. Para acostumbrarse a una ciudad. Para reconocer sus calles, sus horarios y sus silencios.
Quizás esa era la gran diferencia. No se viajaba solamente para ver Europa. Se viajaba para que Europa dejara una huella.

La postal antes que la mirada
Hoy ocurre muchas veces lo contrario. Llegamos a algunos de los lugares más extraordinarios de la historia humana y, sin embargo, apenas tenemos tiempo para mirarlos.
Venecia, una ciudad imposible levantada sobre el agua, se convierte por momentos en una marea de visitantes que avanza por calles estrechas y plazas saturadas. La Torre Eiffel, que alguna vez representó la audacia técnica de una época, termina reducida para muchos a poco más que un fondo perfecto para una fotografía.

Lo mismo ocurre con la Fontana de Trevi, una de las grandes escenografías barrocas de Europa, donde multitudes parecen más preocupadas de conseguir el ángulo correcto que de levantar la vista.
La fotografía, que nació para conservar recuerdos, ha terminado a veces reemplazando la experiencia misma. Hay personas que regresan con cientos de imágenes y muy pocas preguntas nuevas.
Estuvieron frente a monumentos, iglesias, palacios y ruinas. Estuvieron frente a siglos de historia, pero nunca llegaron realmente a encontrarse con ellos.
Porque mirar no es lo mismo que ver. Ver puede hacerse de paso; mirar exige detenerse.

Treinta ciudades en diez días
La propia industria turística ha alimentado esa manera superficial de recorrer el mundo. Existen programas que prometen veinte o treinta ciudades en pocos días, como si desayunar en un país, almorzar en otro y dormir en un tercero fuera realmente conocerlos.
El pasajero baja del bus, sigue una bandera levantada por un guía, escucha una explicación breve, toma una fotografía y vuelve a subir porque el siguiente destino ya espera.
Más que conocer lugares, parece coleccionarlos.
Y a mí eso me produce cierta tristeza, porque muchas veces esas personas han esperado años para hacer ese viaje. Han ahorrado, han soñado y han imaginado estar ahí.
Pero nadie les explicó algo fundamental. Los lugares importantes también necesitan tiempo. Una ciudad que lleva siglos acumulando historias difícilmente puede descubrirse en unos pocos minutos.

El derecho a viajar y el deber de mirar
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿basta comprar un pasaje para conocer un lugar?
Por supuesto que todos deberían tener la posibilidad de viajar. Que millones de personas puedan recorrer el mundo es una de las grandes maravillas de nuestra época. No se trata de lamentar que el viaje haya dejado de ser un privilegio.
Pero quizás algunos destinos exigen algo más que presencia. No como una barrera, sino como un acto mínimo de respeto.
Uno no entra igual a cualquier lugar. No es lo mismo descansar en una playa que caminar por una catedral medieval, recorrer un campo de batalla o detenerse frente a una obra que sobrevivió quinientos años.
Algunos lugares nos piden, antes de llegar, una lectura, una pregunta, una mínima curiosidad.
Porque la cultura no se consume, se conversa con ella.

Volver con algo más
Tal vez ahí está la paradoja de nuestro tiempo. Nunca antes tanta gente había viajado tanto y, sin embargo, quizás nunca se ha viajado tan poco.
Porque esa es, finalmente, la diferencia entre moverse por el mundo y viajar.
El turista acumula países, monumentos y fotografías; el viajero acumula historias, aprendizajes y nuevas formas de mirar.
Nunca tanta gente tuvo la oportunidad de descubrir el mundo, y eso es algo extraordinario. Pero quizás vale la pena recuperar algo del antiguo arte de viajar.

Viajar menos como quien completa una lista y más como quien inicia una conversación.
Porque al final el verdadero valor de un viaje no debería medirse por la cantidad de ciudades visitadas, los monumentos fotografiados o los sellos acumulados en un pasaporte.
Quizás la pregunta importante sea otra.
No cuánto mundo vimos, sino cuánto de ese mundo volvió con nosotros.
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